jueves, 29 de enero de 2009

NAHUELITO, el misterio sumergido - Plesiosaurios




¿Ensayo? ¿Novela? ¿Mito? ¿Leyenda?

Este libro -único por el momento-, que trata sobre la posible existencia de un dinosaurio de aguas en nuestros días; desarrolla de manera objetiva una historia que tiene sus inicios en las leyendas mapuche, continúa con el inefable Martín Sheffield, quien fue el primero que dio la voz de alarma en la Patagonia allá por 1920 y no termina en nuestros días con los relatos de la gente que dice haberlo avistado.
Y para revelar esto, exhibo en primer lugar, una fotografía sacada el primer día de Enero de 2009, a riesgo de suscitar una polémica en torno a su autenticidad.


El Libro:

Estamos seguros que al escribir un libro sobre el misterio del Nahuelito -el «Cuero» del Lago Nahuel Huapí- encontraremos detractores que nos dirán que no hay ninguna demostración científica que avale su existencia.
Sin embargo, en las tardes tranquilas, cuando nuestro lago está planchado -tardes en las que disfrutamos temperaturas que nos hacen reivindicar a nuestro pueblo-. No son pocas las personas que lo han visto retozando, lejos de la presencia humana.


Figura de un Plesiosaurio urtilizada para la tapa de la 1ª edición.








Mr. Martin Sheffield - Cazador y buscador de oro. Fue el que dio la alarma en 1922 y dijo haber visto al plesiosaurio. A raiz de ello Don Clemente Onelli organizó una expedición de búsqueda, al mando de la cual puso a Don Emilio Frey.













Así comienza el libro.


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Claves

“He encontrado un esqueleto seco del criptoterium”

quiere decir: Van seis peones al Norte.

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“He encontrado esqueleto, cuero y restos del criptoterium”

Van siete peones al Norte.

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“He visto al animal vivo”.

Van ocho peones al Norte.

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“He capturado vivo al animal”.

Diez peones con Vicente van al Norte.

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“He muerto al animal”.

Nueve peones van al Norte.

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“Se ha perdido el cuerpo”.

Por vía terrestre.

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“Estamos sobre la pista del animal”.

Cuatro peones van al norte.

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“Hemos perdido la pista”.

Cinco peones van al Norte.

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“Perdidas las esperanzas”.

Volcán apagado.

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Instrucciones reservadas

“El objeto principal de la expedición dirigida por el Ing. Frey, es de constatar por todos los medios posibles y hasta con abnegación y sacrificio, la existencia posible de un animal desaparecido en los tiempos prehistóricos; probablemente un desdentado muy afín, si no es el mismo, al Criptoterio doméstico, cuyos excrementos y cuero reseco y huesos fueron encontrados en el año 1898 en la cueva de la Estancia Ebherart, en el Seno de la Última Esperanza.

Ante todo debo dar al Ing. Frey las razones del por qué he creído, aún sea de manera limitada y con muchas restricciones, la versión que me comunicó Mr. Sheffield, a quién el Sr. Frey ha conocido como yo lo he conocido hace años.

He descartado de su relato todo lo que puede ser producto de su fantasía excitada y exagerada por los mirajes nocturnos o por otras causas. Pero yo creo firmemente que él haya podido ver a un animal de muy buen tamaño en el agua. Descarto lo de la hierba aplastada a la orilla de la laguna, pues ese lugar puede haber sido punto de descanso de algunos huemules. Yo he dejado que la opinión general siguiera creyendo que el denunciador había visto al animal exageradamente monstruoso en la laguna de Esquel, y eso con el objeto que nadie nos aventajara en llegar a ese punto de fácil y frecuentado acceso para automóviles, con casas de negocio y desde donde Mr. Sheffield ha fechado su carta; pues en ese punto de reunión de vecinos de muchas partes, los que pensaran madrugarnos podían tomar lenguas y averiguar el lugar preciso donde Sheffield tiene su “puesto de caza”. Es tan solo una observación atenta a la geografía, en la que nadie se fijó, que yo he dado crédito a la posibilidad de la supervivencia de algunos ejemplares del gigantesco desdentado. Esa observación bien puede perfeccionarla sobre el terreno el Sr. Frey que es eminente geógrafo.

La orografía del terreno de que habla Sheffield, coincide exactamente con la orografía de otras regiones distantes de ese punto y donde ha habido y hay versiones de un animal misterioso y de vida nocturna. Nunca las leyendas se han forjado teniendo adrede en cuenta, accidentes geográficos. Y sobre este ser viviente y misterioso se tiene la versión desde hace 30 años, solamente en aquellos puntos del territorio que fueron discutidos antes por Chile, por el aparte que hace a oriente la línea del divortium aquarum. El animal tiene su leyenda tan sólo en esos valles al poniente de esa línea muy superable de la división de aguas continentales, pero antes de traspasar la línea, para él infranqueable de la verdadera cordillera. Estas son las únicas regiones donde el gran desdentado, animal de llanura, ha podido internarse, ya sea por las leyes naturales biológicas de expansión; ya sea porque esos valles boscosos y anfractuosos no eran jamás visitados por los indígenas del sur de la Argentina, que no aman, sino que tienen recelo a la montaña y a la selva.

En esta expedición debe prescindirse completamente de los sistemas que usaron Nordeskjold, Pritchard y otros que campearon al animal en los lugares de fácil acceso al hombre o en las montañas, pues estoy seguro que si existe, su habitat actual debe ser en las regiones relativamente bajas, no mas altas de los 800 metros y muy probablemente en las abras dentro del bosque y no en la floresta densa, porque el bosque austral, no permite la vida bajo su fronda.

Todo paraje donde se encuentren huemules no asustadizos, sino confiados, puede ser, en esas regiones limitadas, vivienda de algún casal de estos animales.

Como todas las versiones que hablan de su aparición son constantes en sostener que el animal se ha visto en horas crepusculares o nocturnas, los expedicionarios no deben, como los sabios de 1898 a 1905 buscarlo de día. El pesado trabajo del acecho y de la vigilia debe ser echo por turnos de dos personas que tengan conciencia de la misión que ejecutan. Los restantes descansarán, como suele decirse, con el arma al brazo, listos para cualquier alerta y listas las pistolas de fuegos reflectores.

Las primeras horas de la mañana deben emplearse en el reconocimiento del terreno, en abrir picadas y allanar dificultades y visitar las grutas –tan solo las de fácil acceso- porque probablemente esa es la hora en que el animal descansa y fácil es entonces declararlo preso en su cueva. Los expedicionarios podrán entregarse tranquilos al sueño desde las once de la mañana hasta el anochecer, porque en esas horas jamás –dicen las versiones- jamás se ha visto.

El Ing. Frey obligará a todos los miembros de la comisión a observar prolijamente el terreno y a fijarse en cualquier detalle insólito, ya sean huellas, ya sean rasguños y roces en los troncos de los árboles, ramas rotas de los arbustos bajos, ya sea el pasto o la hojarasca aplastada, ya sean pelos que encuentren en las zarzas del terreno y comparar estos con los dos que les doy de muestra, para no confundir con los pelos de los ciervos u otros mamíferos. El rastro de los pies (naturalmente en mayor escala) puede ser igual al de un oso hormiguero que camina sobre los nudos de las últimas falanges y con las uñas dobladas y contraídas o como el de la mulita y cuyas impresiones les he hecho observar en un terreno mojado en el Jardín Zoológico.

A mi manera de entender, el animal, a pesar de su gran volumen, es más fácil cazarlo vivo que muerto. A este fin llevan lazos fuertes de cogote de guanaco y lazos flexibles de cable de acero para reforzar la primera pialada feliz. Su transporte será difícil pero no imposible, alargando atrás la caja de un camión y forrando esta con lona embutida de paja para evitar contusiones, esquimosis y machacaduras.

Se deben usar las armas que llevan, sólo en caso extremo y siempre las de mayor calibre y de proyectiles especiales.

En este último caso (ultima ratio regum) se debe por todos los medios evitar el tiro a la cabeza, pues esta es la pieza más importante del animal. Deben hacérsele dos, tres y más tiros al pescuezo, el que probablemente no tiene el cuero mechado de huesillos como en el resto del cuerpo. También será buen blanco el medio del pecho y probablemente la axila de la paleta, no debiéndose engañar la vista con el abundante pelambre de ese punto. (Para eso el tirador debe tener presente en su memoria un perro collie, muy lanudo y otro de pelo corto).

Si la muerte ha sido necesaria, el taxidermista debe proceder inmediatamente a una abundante inyección de formol por la carótida...

... El Sr. Ingeniero no debe olvidar este detalle y este gran arrepentimiento que tengo de no haber puesto atención a lo siguiente: En el año 1898 y 1893 yo ya había visto, cazado, desollado y comido pumas. Por lo tanto me era muy familiar el color y el largo del pelo por sus pieles, que hasta tenía en mi cuarto de soltero.

Es también objeto de la expedición coleccionar animales vivos para el Jardín Zoológico, como pájaros, huemules, tucu-tucu y el rarísimo y quizás ya extinguido huroncillo de la Patagonia...

... Anotar si en los bosques hay grandes “manchas” de alerces y cipreses de buen tamaño, para indicar al Gobierno su reserva. Traer como muestras y por cada clase, verde y madura, de las cañas de Lingue y Coligüe, para ensayarlas para pasta de papel. Embotellar aguas termales o minerales para ser examinadas en Buenos Aires, no menos de 6 botellas por cada clase (no hay necesidad de llevar, pues los porrones de ginebra abundan en los sitios poblados)...

El Sr. Ing. Emilio Frey es el jefe único de la expedición y sobre él pesa toda la responsabilidad que le he delegado, conociendo su valor moral y técnico, porque ama a la Patagonia y porque –como yo- tiene fe en la posible existencia de animales desaparecidos durante la prehistoria austral y que la misma puede decirse que empieza a terminar en el año 1835 con Darwin, para entrar en la historia casi de lleno en el año 1880, pero tal como forma parte de ella, el desierto.

... Para retemplar el espíritu de los viajeros, ante las dudas y las enormes dificultades, será prudente, como indican los antiguos filósofos; dar frecuente lectura de estas instrucciones dictadas con espíritu de entusiasmo y de fe.

El ingeniero Frey podrá girar hasta aquella cantidad de dinero que se le avise en la última estación telegráfica antes de entrar a lo incógnito. Le agrego copia de las claves telegráficas con que podrá darme con anticipación las noticias que esperaré con el hambre del viejo que fue guapo y entusiasta explorador de la Patagonia, siempre querida por quien tuvo la dicha de conocerla”.

14 de Marzo de 1922

Clemente Onelli.-





NAHUELITO, el misterio sumergido

Bariloche a fines del verano - época actual



Aquella mañana de Abril invitaba a navegar en las profundas aguas del lago Nahuel Huapí. La brisa era muy suave, aunque fría y el Otoño hacía sentir su presencia.

Los árboles exhibían sus amarillentas copas, entremezcladas con tonos rojizos y anaranjados. Al mismo tiempo, el suelo comenzaba a cubrirse con las hojas que caían. El sol ya no calentaba como hacía un mes atrás.

Pero para aquellos amantes de la vida al aire libre, ese era el ambiente ideal. Ni el frío, ni el viento, ni la lluvia, los detenía. Nada se podía comparar con el placer de meterse con su pequeño bote en el lago y pescar unas truchas para el almuerzo.

Marcelo remaba sintiendo el esfuerzo en los músculos. Cada tanto algunas gotas salpicaban su cara. En el otro extremo, José Luis revisaba los elementos de pesca: las cañas, los reeles, los señuelos. Todo debía estar en perfectas condiciones.

Marcelo hizo una vez más el inevitable comentario “Lindo día, por suerte”. “Sí” contestó José Luis mientras controlaba su caña de pesca. “Tengo entendido que cerca de aquella orilla hay buen pique. Remá hasta ahí, a la vuelta lo hago yo”. “De acuerdo” contestó su amigo.

El oleaje producido por el leve viento era muy reducido. El agua golpeaba rítmicamente contra el costado del bote mientras este avanzaba lentamente. Las cercanas montañas, que ya estaban algo cubiertas por la incipiente nieve caída, y la abundante vegetación, enmarcaban la gran superficie del lago.

Marcelo y José Luis habitualmente realizaban esas excursiones en zonas montañosas y alejadas. Les gustaba armar un pequeño campamento y recorrer la región; escalar los cerros, introducirse en los bosques, navegar los caudalosos ríos y sobre todo... pescar.

De pronto, Marcelo, notó una turbulencia en el agua, a su izquierda, a unos diez metros del bote, seguida de unas burbujas que ascendían a la superficie. Como José Luis continuaba entretenido en lo suyo, no se lo comentó restándole importancia y prosiguió impulsando el bote.

Segundos más tarde, volvió a ver aquel sacudimiento de las aguas, e inmediatamente sintió un golpe en la parte inferior de la embarcación. “Chocamos con algún tronco flotante sumergido”, pensó, pero luego sin poder dar crédito a lo que estaba viendo, el pequeño bote fue levantado por los aires unos dos metros. En esa acción perdió los remos y se asió de donde pudo para no caerse. El bote giró y ambos hombres cayeron al agua.

Sintieron el contacto frío y millares de agujas les pincharon la piel. Marcelo por un instante no pudo ver nada y sintió un fuerte dolor en su interior al tragar.

Ayudado por su chaleco volvió a la superficie y aspiró profundo llenando sus pulmones de aire. Su vista permanecía nublada pero agitaba piernas y brazos para no hundirse. Tras parpadear algunas veces su visión mejoró y pudo ubicar al brillante anaranjado de su amigo a unos cinco metros, y más allá la embarcación dada vuelta. Su confusión era grande, pero había que pensar rápido y comenzó a bracear hacia J.L. Comprobó lo difícil que era movilizarse con esa temperatura, pero a fuerza de voluntad avanzó hacia su amigo.

El agua continuaba muy revuelta; pequeños remolinos se formaban y lo arrastraban, dificultándole progresar. Además una abundante espuma lo cubría todo. Un minuto después llegó hasta J.L. que parecía más atontado que él. Estaba tieso y tiritaba. “¡José Luis, rápido, tenemos que agarrarnos del bote y tratar de llegar a la orilla o nos congelaremos!”

Se abrazaron y juntos nadaron hasta alcanzar el bote metros más allá. “¿Qué pasó?” “¡No lo sé –contestó Marcelo- algo nos chocó!”

Ahora debían ocuparse de ellos mismos. Con gran dificultad, ya que sus músculos no les respondían del todo, llegaron hasta el bote invertido y trataron de trepar a él. En ese instante, el remero sintió que algo rozaba sus piernas, mientras un oleaje los cubría con más agua helada.

Ya casi sin sensibilidad, se dio vuelta a su derecha y pudo ver lo que le pareció una cabeza enorme y un largo cuello, seguidos por una gigantesca masa oscura que se desplazaba sumergida al lado de ellos. Y no podía estar seguro, pero en un primer momento creyó haber visto lo que bien pudo ser el ojo de un animal de grandes proporciones. No le quedaron dudas de que efectivamente se trataba de un animal, ¿pero cuál?

Lo que alcanzó a ver era de unos diez metros de largo, de color negruzco y voluminoso. Y en lo que él consideró su lomo, un poco fuera de la superficie, vio algo parecido a una joroba. Más atrás una larga cola.

La bestia avanzó unos veinte metros y se sumergió de pronto provocando un gran remolino en el lugar. Después de algunos segundos, el agua se calmó, ascendieron algunas burbujas y ya nada más supieron de aquello que los había embestido.

Marcelo quedó aterrado, pero se sobrepuso y trató de controlarse. José Luis a todo esto se había recuperado bastante, entre ambos pudieron enderezar el bote y por fin, treparse a él. La fortuna los ayudó y el viento los empujó hacia la orilla. Con sus brazos totalmente anestesiados, trataron de impulsarse y penosamente alcanzaron la costa. José Luis era el que se sentía peor. Marcelo lo arrastró hasta el campamento del que –por suerte- no se habían alejado demasiado en su navegación. Lo desvistió para librarlo de la ropa mojada helada, lo secó y lo ayudó a meterse en la bolsa de dormir. Luego encendió un fuego y el calor lo hizo revivir a él también. Después preparó café y al beberlo lentamente, sintió que sus miembros comenzaban a desentumecerse y recuperarse del enfriamiento que había padecido. Le llevó un jarro a J.L. y comprobó que se encontraba mejor.

Por un momento se detuvo a pensar en lo que les había sucedido. ¿Qué había sido aquello? ¿Un animal? ¿En ese lago y con esas dimensiones? Una cosa había quedado grabada en su memoria y le erizaba la piel. Era ese ojo, esa mirada, profunda y vacía.


2


El avión descendía y con suavidad se posaba sobre la pista. Nunca había entendido del todo cómo hacían esos pesados aparatos, para despegarse de la tierra y volar. Tal vez por eso era que sentía un temor atroz a viajar por aire. Sólo se animaba a acercarse a ellos cuando se trataba de esperar a alguien como en este caso. En cambio no tenía miedo a las aguas y sus profundidades. Desde pequeño se había sentido atraído por el agua, fuera mar, río o lago, como en este caso. Pensaba que –por suerte- podía vivir de lo que le gustaba. Trabajar como buzo o alquilando su embarcación a quien la necesitara.

Le era difícil explicar la sensación de libertad y tranquilidad que experimentaba en alta mar, lejos del mundo y sus complicaciones. Tal vez esa extrema soledad, lo había vuelto huraño y de poco hablar. Por lo cual tenía fama de ser excesivamente rápido para los negocios.

Matías Halvorsen decían sus documentos. Su metro noventa inspiraba respeto. Su cabellera, enmarcaba un rostro de duras facciones. Ubicado en la parte alta, en la confitería del aeropuerto, pudo ver bien al avión. Avanzaba de frente hacia él. Los motores se apagaron y la nave se detuvo. Los pasajeros comenzaron a bajar, mientras un par de operadores desocupaba la bodega y llenaba el carro de bultos y valijas.

Seguramente influenciado por la visita que estaba por recibir, la forma de la aeronave le recordaba a un animal: El cuerpo cilíndrico y alargado, las alas y los alerones traseros, la trompa cónica; el conjunto le recordaba a un animal marino. Siguiendo el hilo de su fantasía, le pareció que el aparato lo miraba desafiante.

Matías bajó al sector de desembarcos. Levantó las solapas de su abrigo y ajustó sus lentes oscuros. Las puertas de ingreso se abrieron y el tropel de viajeros comenzó a esparcirse. Alguno ya se abrazaban con sus parientes o amigos. Entre el barullo general, atisbó en busca del hombre que debía recibir. Profesor Jack Custó. Así decía el telegrama que recibió el día anterior, “El Profesor y oceanólogo Jack Custó arribará a esa en compañía de su asistente, a la hora... etc., etc.- Por sus averiguaciones, el Profesor era un hombre delgado, de mediana estatura, entrado en años pero de contextura fuerte y ágil. Así lo confirmaba el hecho de que continuaba su actividad de buzo y recorría los espejos de agua en todo el mundo en la búsqueda de mitos y leyendas sumergidos en misterios sin confirmar.

Pero seguramente, la descripción de Matías dada al Profesor, sería: busque al hombre que le saque una cabeza de altura al resto de los hombres. Su propia ocurrencia le hizo sonreír.

De pronto entre el gentío lo descubrió. No podía ser otro y el Profesor también lo reconoció a él. Abriéndose paso entre la gente y seguido por un changarín con un carro y sus bártulos, llegó hasta él extendiéndole la mano. “Mucho gusto, usted es Matías Halvorsen supongo”. “Así es. Es un placer Profesor Custó”. El hombre de ciencias, hablando un perfecto castellano pero con inconfundible acento francés, asintió. Según el mismo telegrama, un asistente acompañaría a Custó, pero no se lo veía. “Perdón, ¿su ayudante?”

“Oh, sí, aquí está”. Y en efecto había una persona detrás del Profesor. Pero un detalle no fue considerado en ningún momento por Matías. El ayudante era una mujer, ¡y qué mujer!

Rondaría los treinta años. Un cabello rubio y lacio que sujetaba con sus lentes, permitía ver que sus ojos eran verdes. El resto del cuerpo armonizaba perfectamente. Se la notaba de consistencia robusta, seguramente apegada a los deportes. Lucía una camisa, cubierta por un abrigo que llevaba desabrochado. Jeans no muy ajustados, dentro de unas botas náuticas, lo cual le dio a Matías la pauta de que ella venía dispuesta también a participar de los trabajos.

“Una mujer a bordo”. La idea no le gustó mucho, pero en ningún momento, cuando arreglaron los términos del contrato, él había objetado una presencia femenina en el equipo. Claro que nunca se lo habían mencionado y le cayó de sorpresa. “¿Cómo está usted? Mucho gusto”. Saludó mientras no sabía que hacer con sus manos. “Señorita...”. “Disculpe señor Halvorsen, mi hija Anette. Ella es mi ayudante”. Se quedó observándola unos instantes y luego reaccionó. “Bueno, si me siguen, iremos hacia mi vehículo y los llevaré a donde se hospedarán”.

Dando grandes zancadas alcanzó la puerta de salida y en breves instantes, ayudado por el changarín, estaba cargando los bultos en su camioneta de doble tracción. Un vehículo apto para los terrenos por donde tendrían que desplazarse, según la necesidad. Pero de pronto se dio cuenta de que estaba solo. Se dio vuelta y vio que Custó y Anette recién estaban saliendo, arrastrando parte del equipaje. Se sonrió y dispuso que debería adaptar sus movimientos al ritmo de sus clientes en lo sucesivo.

La carretera comunicaba el aeropuerto con la ciudad de San Carlos de Bariloche, que podían ver dado que se encontraban a mayor altura. Como fondo, las montañas del lado del Neuquén y delante de ellas el gran espejo de agua del lago Nahuel Huapí. Unas nubes con los últimos resplandores rojizos del atardecer daban la seguridad de un día siguiente con buen tiempo. “En pocos minutos llegaremos a la ciudad”, dijo Matías. “¿Ha recibido usted todo el equipo enviado con anterioridad?”, preguntó el Profesor. “Así es, todo intacto y ya está almacenado en el lugar más próximo al Lago que se pudo conseguir”.

“Bien... ¿y cuándo estima usted que podríamos iniciar las acciones?”.

“En uno o dos días más. Debo ultimar algunos detalles y estaremos listos para partir”.

“Señor Halvorsen: ¿Ha vuelto a tener noticias sobre el monstruo del lago, en los últimos tiempos?”

La pregunta sin preámbulos fue de Anette, que viajaba en el asiento trasero junto a su padre.

La interrogación viajó rápido como una flecha y quedó flotando en el aire. Por el espejo pudo ver Matías la ansiedad de Custó esperando la respuesta. Matías, sin inmutarse, respondió que no.

“¿Podremos ver y conversar con esas personas que dicen haber sido arrojadas de su bote mientras pescaban este mismo verano?”. Sin apartar la vista del camino, Matías contestó que sí, seguramente. “Los conozco y supongo que no habrá problemas en entrevistarlos”.

Pero Halvorsen no pudo con su genio y estalló. Detuvo el vehículo en la banquina, puso el freno de mano y encendió las balizas. Todo esto ante la mirada atónita de sus dos pasajeros. Y luego dado vuelta en su asiento los enfrentó, aspiró profundamente y dijo:

“Profesor... esto que voy a decirle va en contra de mi negocio. Pero, ¿realmente cree usted que exista esa criatura? Hace muchos años que navego este lago, lo recorro y conozco palmo a palmo, he buceado en él y jamás ¿Escuchó? Jamás he visto nada extraño... nunca. En ninguna época del año, con el lago planchado o violentado por la tormenta.

El investigador lo miró fijamente por unos instantes.

“Señor Halvorsen. Desde hace también muchos años, dedico mi vida al estudio de este tipo de fenómenos. He estado en el lago Ness, en Africa, en el Amazonas, en Alaska, en el Tibet. En todos y cada uno de esos lugares hay fenómenos extraños, animales increíbles que se deberían haber extinguido hace millones de años y que son vistos por cientos de personas. Hay fotografías, grabaciones, filmaciones, horas y horas de investigación de gente seria. Ya lo sé... No hay nada concluyente. Pese a todos esos esfuerzos no se ha podido determinar si realmente existe Nessie, Piegrande o el abominable Hombre del Himalaya, pero... la investigación debe continuar, y allí donde esté la información, allí estaré yo”. “Algún día sabremos la verdad. Si todo esto es simple fantasía o imaginación de las personas y quiero que ese día llegue, ¿entiende Matías?, ¿puedo llamarlo así? Esto es mi vida...”

El grandote decidió bajar la guardia. “Lo entiendo Profesor, pero quiero que sepa algo”. “¿Qué me va a decir?”. “Que hasta que no ponga al Nahuelito sentado frente a mí, no lo creeré”.

La discusión sirvió para romper el hielo que se había creado. Los tres comenzaron a reír. Matías puso en marcha la camioneta, encendió las luces y retomó el camino a la ciudad.


3

Ya en la hostería, ocuparon las dos habitaciones reservadas por Matías. “Esto es muy confortable, estoy seguro que estaremos cómodos”.

“Así lo espero; yo voy a irme para mi casa ahora y mañana pasaré a buscarlos, ¿a qué hora quiere que sea esto?”. “Diría que a las ocho y media, me gustaría echarle un vistazo a la embarcación con la que vamos a operar”. “Por supuesto –dijo Matías-. Ya lo había dispuesto así”.

Jack Custó poseía un gran equipo, con el cual recorría el mundo para llevar a cabo sus expediciones. Inclusive contaba con un barco de generosas dimensiones, totalmente equipado con la última tecnología. Pero en este caso, debido a la situación geográfica de la Patagonia argentina, situada tan al sur en el globo terráqueo, había preferido prescindir de él para hacer esta primera incursión y adentrarse en el problema. Había que razonar que una cosa era navegar el mar y llegar a dónde fuera. Y muy otra, transportar un barco grande, tierra adentro, a un lugar alejado del mar. Nunca había estado antes en los Lagos del Sur de Argentina y por esta razón contrató los servicios de Matías Halvorsen, un descendiente de daneses que, para mejor, había nacido en Bariloche y estaba dedicado a los deportes, principalmente los náuticos. Nuestro hombre hacía además, de esta dedicación, su medio de vida. Poseía un barco de buenas proporciones, bien equipado y lo alquilaba –con él como navegante- y dos marineros más, a quien lo requiriese.

Quedaron además en que tratarían de ver a la pareja de pescadores que se habían topado con el Nahuelito.

Así fue como a media mañana se encontraban los tres, inspeccionando la embarcación anclada en el Club Náutico. El Profesor Custó aprobaba con la cabeza cada detalle que le iba señalando Matías, junto con sus marineros, a los que había presentado como Rómulo y Remo; quienes ya los esperaban desde temprano en el barco, ultimando detalles para la expedición que se avecinaba.

“Es muy bueno su barco Matías, más de lo que esperaba por tratarse de una embarcación enclaustrada en un lago” –dijo el Profesor.

“En realidad la hice construir pensando en que con ella podía largarme al mar en alguna ocasión, si así se daba”.

“Nunca hay que descartarlo, paño tiene de sobra para hacerlo”. A Custó se lo veía muy contento y dieron por finalizada la inspección. “Creo que hoy mismo podemos comenzar con el traslado del equipo desde el depósito”. “Me alegro que así lo piense, yo quiero comenzar cuanto antes”. Sonrió Matías dirigiéndose a Anette. “¿Qué les parece si ahora vamos a mi casa a almorzar?”. “¿Les gustan las truchas?, tengo mi pequeño y propio vivero”. A Custó y su hija se le iluminaron los ojos y dijeron “Sí” al unísono.

Matías Halvorsen tenía una cabaña para él solo, que había heredado de sus padres, cercana al lago. Jamás se le había cruzado por la cabeza abandonar la casa paterna y como era hijo único, se pudo dar el gusto. Había formado pareja más de una vez, pero su carácter huraño siempre terminaba ahuyentando a las mujeres de su lado. De manera que acá lo vemos sacando tres truchas del vivero montado en el pequeño arroyo que atraviesa su tierra. Así, coleteando, las llevó a la cocina en donde comenzó la faena. Las haría en la parrilla exterior, ya que el día era magnífico. Cuando estuvieron a punto, llamó a comer y los tres se ubicaron y comenzaron a dar cuenta de ellas. Una fresca ensalada completaba el almuerzo.

“Hasta cuándo podemos esperar que tendremos este clima”, preguntó Anette. “Tengo entendido que por lo general el invierno se adelanta en estas regiones”. “Sí, es debido a que la ciudad está construida junto a la montaña. De modo que el clima es muy localista, por decirlo de algún modo”.

“¿Le parece que esto pueda llegar a interferir en nuestras incursiones?”, preguntó el Profesor. “No lo creo. Mayo es un mes llovedor, pero recién para Junio podemos esperar mal tiempo”. “Nevadas en la alta cordillera, eso sí, pero no nos traerán más que el inconveniente de refresco del aire”. “Contamos todavía con medio mes de Abril, de modo que un mes y medio será, creo, suficiente para realizar la investigación”. “Estoy de acuerdo”. Dijo Custó y agregó “Siempre y cuando no aparezcan inconvenientes”. “¿Qué les parece si ponemos manos a la obra con el traslado de equipo al barco?”.

Ayudados por Rómulo y Remo, los tres comenzaron el trabajo de transportar desde el depósito. Cuatro horas más tarde casi lo tenían concluido y el Profesor llamó a Matías para organizar los próximos pasos. “Hoy terminaremos tarde y estoy algo cansado. Le propongo que para ganar tiempo, mañana nos dividamos en dos grupos. Yo iré con usted a conversar con los pescadores que vieron a Nahuelito y Anette estará a cargo del montaje de las cámaras de filmación y el Sonar junto con Rómulo y Remo, que demostraron gran solvencia en todo lo que los observé hacer”. “Me parece bien –dijo Matías-. Supongo que su hija...”. “Pierda cuidado, conoce el equipo y su montaje mejor que yo; inclusive lo ha manejado en más de una ocasión”. “¡Qué mujer! Pensó Matías sin manifestarlo”.

Entrada la noche, decidieron suspender el trabajo. Estaban literalmente muertos de cansancio, pero la mayor parte estaba hecha. Sólo restaba la instalación de algunas partes del equipo, sobre todo lo que iría adherido al casco por debajo de la línea de flotación. Y esto por supuesto convenía hacerlo a la luz del día. Se despidieron con pocas palabras y cada cual se fue a su lugar de descanso.

Al día siguiente, bien temprano, Matías pasó a buscar a Custó y llevó también a Anette hasta el Club Náutico. Los dos marineros ya estaban a bordo esperando. Matías y el Profesor se dirigieron en la camioneta a la casa de Marcelo, uno de los pescadores del terrorífico encuentro con el monstruo del lago, dos meses atrás. Alertado por Matías de que irían a visitarlo, los estaría esperando. Lamentablemente, José Luis se encontraba en Buenos Aires y no participaría en el encuentro.

“De los dos yo fui el que tuvo el mayor contacto con el animal” –decía Marcelo mientras ponía en la mesa el equipo de mate. “Veo que no duda usted en referirse a la criatura como que se trata de un animal”. Dijo Custó. “Es que es lo que vi, un gran cuerpo de unos diez o quince metros, de color pardusco, con un abultamiento en su lomo. Una larga cola, afinada hacia su extremo y una cabeza de buenas proporciones”.

“Si tuviera que compararlo con algo conocido por todos, ¿cómo lo definiría?, preguntó Custó. “Es difícil definirlo pero diría que estaba entre una orca grande y un elefante marino”. “¿Tenía patas o aletas?”. “No podría asegurarlo, pero me inclino más por las patas, pequeñas y robustas”. Entonces el Profesor hizo la pregunta del millón: “¿Diría que podría tratarse de un dinosaurio?”. “Esta posibilidad me tuvo loco un tiempo, ya que todos sabemos que tendrían que estar extinguidos hace millones de años. Pero más tarde, cuando el susto fue desapareciendo, pensé que sí, efectivamente, podría tratarse de un dinosaurio marino, aunque suene descabellado”.

“Las eras geológicas se dividen en cinco: Arcaica – Paleozoica – Mesozoica – Cenozoica y Antropozoica. En la era Mesozoica es cuando aparecen los Dinosaurios sobre la faz de la Tierra. Duró unos 160 millones de años y allí también aparecen los mamíferos, aunque muy distintos a los conocidos en la actualidad. El hombre aparece en la era Antropozoica, hace apenas un millón de años. Para ese entonces los Dinosaurios hacía rato que habían desaparecido del mundo. Dinosaurio significa “Lagarto terrible” y cómo desaparecieron, sigue siendo un misterio sin dilucidar hasta ahora. Pero otros animales de aquellas épocas, sobrevivieron al desastre, de lo contrario la vida sobre la Tierra se hubiera extinguido por completo ¿Por lo tanto, los dinosaurios se extinguieron totalmente? ¿O algunos lograron salvarse?”.

Luego de esta reseña de conocimientos sobre estas bestias del pasado remoto, el Profesor sacó una lámina que mostró a Marcelo y a Matías. “Les presento al monstruo del lago en versión científica. Bien podría ser nuestro escurridizo Nahuelito”. El dibujo representaba a un ser muy voluminoso de largo cuello y pequeña cabeza. También su cola era larga y presentaba sus extremidades en forma de aletas. Según las medidas que daba la lámina, mediría entre quince o veinte metros.

“¿Qué tipo de animal es este?”. Preguntó Marcelo.

“Un Plesiosaurio”.

“Estos animales dejaron de existir hace muchísimo tiempo, ¿cómo podría estar uno aquí, ahora?”.

“Supongo que las condiciones para que los saurios marinos pudieran seguir viviendo, no cambiaron demasiado, por lo tanto es factible que llegaran a nuestros días”.

“¿Me quieren decir que ese monstruo prehistórico aún vive?”, dijo Marcelo. “Bueno, en realidad son sus descendientes. Seguramente viven allí una o varias familias que se reproducen y han sobrevivido a través de los siglos”, contestó Jack Custó con seguridad.

“Pero cómo puede explicar lo de su alimentación. Estos lagos no poseen una fauna abundante”. “Es verdad. Pero debemos recordar que esta especie es herbívora, y no podemos saber con certeza qué tipo de plantas submarinas o inclusive plancton contienen estos abismos lacustres”.

“Muy interesante Profesor, ¿qué más nos puede decir sobre estos animales?”.

“Estos eran dinosaurios marinos, reptiles también, pero tenían una diferencia fundamental. Eran vivíparos, es decir, tenían a sus crías vivas, mientras que los dinosaurios terrestres, ponían huevos como las tortugas y los cocodrilos. Esto fue favorable para aquellos, ya que por vivir en las aguas, no tenían que dirigirse a las orillas a depositar sus huevos. Por lo tanto también conservaban el anonimato y al tratarse de grandes bestias debían mantenerse en las profundidades lacustres”.

“¿Qué se sabe sobre el color de sus ojos?”, preguntó Marcelo. “Lamentablemente las partes blandas de los organismos, no dejan rastros fósiles y por ello no podemos saber nada al respecto”. ”¿Por qué lo pregunta?”.

“Es que mi terrible experiencia en el bote con mi amigo, me dejó sobre todo aquella mirada casi humana que vi en el ojo, cuando me observó antes de retirarse”. “Fue como si varios siglos hubieran pasado en un solo instante por su mente y lo más sorprendente es que yo me sentí involucrado en su revisión. Pareció como si evaluara qué clase de criatura era yo, si podía hacerlo correr peligro, o simplemente debía pasar de largo por su vida como un simple y despreciable insecto. Creo no equivocarme si digo que es un ser más evolucionado de lo que creen los científicos”.

Matías intervino para preguntar acerca de lo se dijo sobre las condiciones de vida en una y otra época.

“Cuando los Dinosaurios estaban en pleno apogeo, desaparecieron aparentemente de golpe. No se sabe con certeza el por qué. Se cree que como eran de sangre fría, necesitaban del calor del sol para sobrevivir. Ese calor les faltó por alguna razón y sucumbieron. Pero tal vez en las profundidades de los mares y lagos los cambios no fueron tan intensos y bajo estos resguardos, algunas especies marinas subsistieron y lograron hacerlo hasta épocas climáticas más favorables, llegando a nuestros tiempos”. “Nahuelito muy bien podría pertenecer a una de estas especies”.

“Señor Marcelo, una última pregunta. Obviamente no sacaron fotos de aquel encuentro”. “No, nunca llevamos cámaras cuando salimos a pescar”. “Tampoco hicieron la denuncia del acontecimiento ante las autoridades”.

Marcelo sonrió con sorna. “Hubiera sido un acto completamente inútil y se habrían burlado de nosotros. Preferimos dejarlo como una anécdota más de las tantas que rodean el misterio del Nahuel. El misterio sumergido.

“De modo que puede ser que veamos a alguna otra persona que haya tenido avistajes de la criatura”, dijo el Profesor.

“Por supuesto, varios son los pobladores que dicen haberlo visto”. “La mayor parte de las veces desde lejos, sobre todo en la época del verano y con el lago bien planchado”.

Luego de estas últimas palabras, Matías y Custó se retiraron. Ya era media tarde y decidieron ir al barco para ver cómo andaba todo por allí.

Encontraron a Anette, Rómulo y Remo en la cabina de mandos, en donde también habían instalado las consolas desde las que monitorearían las filmaciones, las grabaciones de sonidos, el Sonar y los reflectores. “¡Bueno, como verán no hemos perdido el tiempo con los muchachos!”, dijo jovialmente la hija de Jack Custó.

“Ya veo, ¡bien por el equipo!”. “Se ve que han trabajado duro”. “Muestren todo al Profesor y a Matías”.

“Bien, comencemos por las cámaras de vídeo. Encenderé la nº 1, que está ubicada en la proa, por supuesto debajo de la línea de flotación, a un metro de la superficie y a babor. Vean ustedes”. Dijo Anette. Todos vieron en la pantalla de la consola el cristalino líquido que apenas dejaba adivinar que se trataba de agua, ya que no había viento en esos momentos y la calma en el muelle era total. Un semitono indefinido, debido a que la tarde iba cayendo.

“Ahora veamos qué pasa cuando enciendo el reflector correspondiente a esta cámara”. La diferencia fue evidente, las aguas se iluminaron y esto fue reflejado en el monitor.

“¡Extraordinario!”, exclamó Matías. La diferencia es absoluta”. “Bien, ahora vamos por la cámara dos, a proa pero a estribor”, dijo Anette. “El mismo efecto como verán”. “Vean ahora cómo puedo girar la cámara arriba y abajo y de derecha a izquierda. Lo mismo puedo hacerlo con el reflector.

“Muy bien, muy bien”. El comentario fue generalizado. Luego pasaron a chequear las cámaras de popa, también a izquierda y a derecha. Funcionaron a la perfección.

“Muéstranos lo que hace el equipo de grabación submarina”. Pidió su padre. “Para ello deberíamos producir algún ruido mas o menos lejano”. Remo se ofreció a ir hasta alguna de las embarcaciones ancladas y donde viera marineros, les pediría que recogieran el ancla y la volvieran a bajar. Mientras tanto, Anette conectó los captadores de sonido en la consola de mando y esperaron. A los diez minutos un ruido que se podía reconocer como metálico comenzó a escucharse con mucha nitidez.

“Aplausos, por favor”, pidió Matías entusiasmado.

“Bueno, nos queda por probar el Sonar, pero esto deberá ser cuando estemos navegando en el lago, ya que aquí estamos rodeados de barcos”.

“El Sonar es un aparato que por lo general se utiliza en los submarinos. Permite explorar mediante ondas, los elementos que se le interponen. Se basa en la reflexión de un sonido, el que se recoge mediante micrófonos y de acuerdo al tiempo que tarda en ir y volver este sonido, se calcula la distancia a la que se encuentra el objeto refractado”, explicó el Profesor.

“Creo que con esto es suficiente y que ahora debemos navegar en busca de nuestro objetivo”, dijo Jack Custó.

“Podría ser mañana mismo”, propuso Matías, y todos aplaudieron entusiasmados. Por otro lado el clima era magnífico para hacerlo cuanto antes. “Propongo que a las nueve de la mañana nos reunamos aquí en el barco, listos para partir y preparados como para pernoctar en el barco si es preciso”, cerró el Profesor.


4


Matilde y Pedro, una pareja de turistas de mediana edad, sacaban pasajes para hacer la excursión en el catamarán que zarparía esa misma tarde rumbo a la Isla Victoria. Pedro ostentaba unos poderosos binoculares y una buena cámara fotográfica con zoom. A las dos de la tarde deberían estar en el puerto. El sol caía a plomo y una suave brisa refrescaba el ambiente. “¡Qué delicia, qué maravilla! “Yo me quiero venir a vivir aquí, viejo”, decía la mujer. “Porqué no. Los chicos ya son grandes y tienen armada su vida. Bien podríamos darnos el gusto”. Haciendo estos comentarios, aguardaban -ya embarcados- que el catamarán zarpara. Faltaban llegar unos pocos turistas más y saldrían.

El lago estaba “planchado”. Es un término que utilizan los barilochenses para referirse al lago cuando no corre la más leve brisa, es decir sin el más mínimo oleaje. “En esas ocasiones -obviamente en el verano o principios de otoño-, se forman a la vista, sectores de lago que a la distancia semejan pequeñas lagunas dentro del mismo lago”, explicaba la guía. “Son como planchones de agua más reposada que el resto, que sufre un casi imperceptible temblor. Posiblemente sean corrientes superficiales, las que nos dejan ver estas diferencias en la superficie lacustre”. Mientras decía esto, Matilde comenzó a ver con nitidez –precisamente en el centro de una de estas “lagunas” interiores- algo que semejaba un lomo; como si el lago se abultara sobre el resto de la superficie.

“¡Vean aquello!”, exclamó en ese momento otra persona. “Sí, lo estoy viendo hace un rato, pero no dije nada pensando que era una imaginación mía”, dijo otro señor. “¿Dónde?, ¿dónde?”, exclamaron varios. “Allá -dijo Matilde- bien a la derecha y lejos”. Estaban más o menos a mil metros de ese “lomo” que estaban viendo. “¿No podremos acercarnos más?”, preguntó Pedro. “Imposible, está prohibido apartarse del rumbo previsto”, dijo la guía. “Pero, es que podría tratarse del monstruo marino”. “¡Sí, el Nahuelito, el Nahuelito!”. “Pidámosle al capitán que se arrime; esta es una oportunidad única; además todos lo estamos viendo”.

En efecto, todo el pasaje lo veía... Pero el capitán no aflojó. “No me está permitido apartarme de la ruta trazada. Además se imaginan si cada vez que un turista cree ver al Nahuelito, y yo tuviera que desviar el rumbo... Dijo lapidario el conductor del barco. “Eso que ustedes ven es sólo una ilusión óptica provocada por la reverberación que el sol fuerte forma sobre esos planchones de aguas tranquilas”. Y no hubo caso, la gente protestó un rato pero no hubo nada que hacer. “Lo que estamos viendo, también se ha dado en llamar “el Cuero”, por la gente lugareña; por su semejanza al lomo de cuero de un animal”. “Es una ilusión óptica que ha dado lugar a la leyenda del monstruo del lago, que muchos llaman Nahuelito, como diminutivo de Nahuel Huapí”, explicó la guía. La mayoría de los pasajeros se conformó, mientras que algunos siguieron protestando.

Mientras tanto, Pedro observaba con sus binoculares y no dudó al ver cómo “el cuero” se desplazaba muy lentamente. Luego sacó algunas fotos utilizando el zoom.








5


Al día siguiente, tal como lo habían establecido, Matías llegó al barco con el Profesor y Anette. Rómulo y Remo tenían todo dispuesto para zarpar, de modo que ni bien embarcaron, levantaron el ancla y con el motor a media marcha, salieron del Club Náutico y pusieron proa al lugar en donde los dos pescadores habían tenido la terrible experiencia. Esto ya lo tenían estipulado de antemano, cuando discutieron con Matías sobre la mejor forma de comenzar con la búsqueda. Habían llegado a la conclusión que no teniendo en realidad ninguna otra referencia, comenzarían por ese punto; que por otro lado tenían verificado como uno de los de mayor profundidad en todo el Nahuel Huapí. Además no se encontraba demasiado lejos, lo cual les permitiría hacer las primeras investigaciones en poco rato más.

“Profesor Custó, Anette, estamos en el punto exacto en donde estuvieron Marcelo y José Luis cuando fueron atacados por el Nahuelito”, les dijo Matías. “Me alegro que se exprese en términos de cosa consumada”, dijo el Profesor, “vamos a comenzar por indagar el entorno submarino con las cámaras”. Se sentó frente a la consola y accionó los botones correspondientes. Tras él se ubicó su hija, muy atenta. Cada uno de estos videos tenía capacidad de giro de manera de barrer un ángulo de noventa grados, a partir de la línea media de la nave hacia fuera. Para asegurar la visión en todas direcciones, las de proa apuntaban hacia delante y las posteriores, en popa, hacia atrás. Lo que dejaba una pequeña zona correspondiente a la parte central del barco, sin visión.

“Comienzo probando con la cámara 1, a babor de proa. El monitor se iluminó y mostró la clara imagen del agua del lago. Luego aumentó la luminosidad, siguió sin verse nada, excepto el líquido. “Ahora es de día, en la noche se verá mucho mejor, veremos hasta unos diez metros de distancia, aunque por supuesto, a medida que un objeto se aleje del barco perderá nitidez. Anette, te invito a que comandes la cámara 2, estribor de proa. Ganaremos tiempo barriendo toda el área que está por delante del barco”. Este había sido detenido y el ancla bajado hasta quedar colgando, ya que el fondo en ese lugar podía ser de, hasta 300 metros.

Luego de un rato de barrer la zona, pasaron a los monitores de popa e hicieron lo mismo; comprobando el vacío sin ver, que quedaba en el centro de la embarcación.

“¡¿Qué es eso?!”, exclamó de pronto Matías que fue el primero en ver un objeto desplazándose en la proa. “¡Se movió hacia la izquierda, papá! Síguelo tú”. Custó desplazó rápidamente la cámara y cazó la imagen serpenteante, comprobando que sólo se trataba de una trucha de gran tamaño. Todos se echaron a reír. “Al menos esto nos dejó comprobar la buena nitidez del equipo; ya lo vieron”, dijo el Profesor. “Bien, ahora deberíamos avanzar con el barco lentamente y al mismo tiempo iremos barriendo sector por sector, hasta unos cien metros de recorrido, diría yo. Con eso creo que será suficiente”. “Y luego podemos hacer lo mismo en sentido transversal al recorrido efectuado”, agregó Anette. “Exactamente. ¿Comprende Matías?, es el mejor sistema. Algo aburrido si se quiere, pero quedaremos tranquilos de haber investigado un buen sector”. “Al mismo tiempo pondremos a funcionar las grabadoras de sonido y nada quedará librado al azar”. El profesor exultaba seguridad por lo que estaba haciendo y transmitía esta seguridad al resto del equipo.

Matías ordenó a Rómulo que se ocupara de guiar al barco a media máquina. Él prefería permanecer junto a los monitores, para chequear el mundo submarino. Así lo hicieron y la operación planificada les llevó más de una hora y media. Decidieron entonces tomarse un descanso y comer algo, pues eran las dos de la tarde. El almuerzo fue frugal pero con unas buenas cervezas frías, ya que el calor apretaba. “¿Qué temperatura de ambiente exterior tenemos ahora, amigo Matías?” , preguntó Custó.

“Exactamente 29º a la sombra y la sensación será la misma, pues no hay viento”. “Bien, cuando terminemos de comer, pondremos en marcha el Sonar y dejaremos funcionando las grabadoras, de tal modo que cualquier animal considerable que se desplace en los alrededores, delatará su presencia de inmediato”.

Así lo hicieron y a eso de las tres de la tarde, estaban chequeando la “zona de los pescadores”, como habían dado en llamarla para ir rápidamente al grano. El motor del barco ronroneaba perfecto y demostraba estar a la altura de las circunstancias. Rómulo y Remo se turnaban en el timón y cada tanto Matías tomaba el comando para dejar descansar a los marineros. Mientras que padre e hija científicos, instalados frente a las consolas, vigilaban atentos a lo que pudiera aparecer. Pero nada sucedía, salvo la esporádica aparición de algunas truchas fugitivas.

“Debemos tener mucha paciencia. Esto puede durar semanas sin que aparezca ningún indicio, pero es la única manera de descartar la presencia de un ser acuático especial”. Le decía Anette a Matías cuando promediaban las ocho de la noche. Recién comenzaba a anochecer.

Matías pidió una reunión para resolver qué iban a hacer de ahora en más. El Profesor comenzó diciendo que por tratarse del primer día y estar todos bastante agotados, proponía regresar a tierra, cenar y descansar con comodidad. Al día siguiente resolverían qué hacer, y podrían llegar a quedarse para rastrear esta misma zona pero de noche. “No podemos saber si los hábitos de Nahuelito son más nocturnos que diurnos, debemos comprobarlo por nosotros mismos, ¿comprenden?.

Todos asintieron y aflojando la tensión que habían mantenido durante toda esa jornada, se dispusieron a regresar a tierra. Apagaron los equipos y a toda marcha pusieron proa al Club Náutico.

6

“Realmente profesor, no es mucho lo que puedo decir”, decía el poblador. “Igualmente me gustaría hacerle algunas preguntas”. Los dos pobladores –Anverso Rodríguez y Panfleto Bustos- se habían acercado esa mañana temprano a la hostería en donde estaban alojados el Profesor y su hija. Habiéndose enterado de la presencia de un investigador de monstruos marinos, decidieron ir juntos a verlo, ya que ambos habían tenido avistajes en distintas épocas, y pensaron que podrían aportar algo. Además resultaba atractiva la posibilidad de aparecer en una filmación o revista que sacara a relucir el tema, un poco olvidado ya para ellos. En general, la gente que se preocupaba y quería saber sobre Nahuelito, eran turistas que habiéndose enterado de la existencia de un ser prehistórico, que habitaba las profundidades del lago Nahuel Huapí, querían saber más sobre él.

“¿Qué tamaño aproximado le calculó usted cuando lo tuvo a la vista?”, preguntó Jack Custó al reservado poblador, que ahora enfrentado al profesor, se hallaba un poco cohibido.

“No estoy seguro, tal vez por lo que vi, unos quince o veinte metros”. “Correcto. ¿Y podría describirlo?”.

“Era... gigantesco, muy grande y abultado. Eso. Era abultado. Y tenía una piel gruesa y oscura...”. “¿Pudo ver bien el color de la piel?”. “Eso sí, porque era pleno día”, dijo Anverso. “Hay algo que le haya llamado la atención, por sobre otras cosas”. “Algo que quiera mencionar, sea lo que sea”.

Anverso Rodríguez se quedó en silencio, detenido en el tiempo que había transcurrido. “Sí, hay una cosa que me quedó grabada además del susto”. “Sí, ¿qué fue aquello?”. “Su mirada...” Casi dijo en un murmullo el hombre. “Sí, su mirada era algo atrapante. Parecía no tener vida. Su ojo era oscuro y sin expresión, pero me observaba, aunque fue sólo por el segundo que estuvo fuera del agua”.

“¿Pudo ver su cabeza?”. Preguntó el Profesor. “No, había mucha espuma y olas. El agua me salpicaba con fuerza y no me dejaba ver con claridad”.

“Muy bien señor Rodríguez, le agradezco su aporte. Ha sido muy valioso”. “Y ahora usted señor Panfleto Burgos. Tengo entendido que su familia ha vivido en este lago desde hace mucho tiempo”, pregunto Custó dirigiéndose al acompañante y vecino de Anverso Rodríguez.

“Así es señor, el padre de mi abuelo ya vivía aquí”. “Entonces, ¿conoce y vio al animal que se dice habita estas aguas?”. “Al Cuero, claro que lo conozco”. “Así le dicen algunos; otros, ahora, prefieren llamarlo Nahuelito”.

“Y, ¿cuál fue su contacto?”.

“El padre de mi abuelo una vez luchó con él”.

“¿Cómo fue eso?”, preguntó entre sorprendido e incrédulo Jack Custó.

“Según me contó mi padre, que a él le contó su padre; cuando salían a pescar, el Cuero no los dejaba y les espantaba los peces. Un día salieron decididos a matarlo, porque en esa época se pescaba para comer. Llevaban lanzas. Lo buscaron y no lo encontraron, pero cuando ya se hacía de noche y se volvían a las casas, los atacó y les dio vuelta el bote. Uno de los hombres se hundió y no lo volvieron a ver nunca más”.

“¿Y el Cuero?”.

“Tampoco lo volvieron a ver nunca más”.

“¿Y usted lo vio alguna vez?

“A veces lo veo, pero de lejos nomás. No me acerco nunca.”

“¿Cuándo fue la última vez?”. “¡Uh! Hace mucho tiempo, casi ni me acuerdo, era menos viejo que ahora, eso sí.


7


La inesperada visita había retardado la partida, pero había valido la pena. Era un aporte más, aunque por desgracia y como la mayoría de los contactos más determinantes, no habían quedado pruebas que confirmaran el encuentro.

“No importa”. Decía el Profesor a su hija y a Matías, mientras se dirigían en la camioneta hacia el barco anclado. “Todo suma y a mí me motiva para seguir adelante”. Matías dijo algo entre dientes y Anette que iba a su lado, lo oyó. “¿Qué dices Matías? Habla para todos por favor”.

“Digo que si a cada poblador mentiroso que se venga con una historia inventada sobre el Nahuelito, le vamos a creer, iremos por mal camino. Eso digo, guste o no guste”.

“Hay tantas probabilidades de que sea mentira, como de que sea verdad”, replicó Anette, un poco molesta por el exabrupto. Pero nadie tenía ganas de discutir. El mediodía era esplendoroso y el sol picaba de lo lindo. Qué más se podía pedir.

Zarparon. Habían decidido dirigirse al impreciso lugar que había indicado el poblador Anverso Rodríguez, como encuentro con el monstruo submarino hacía ya un buen tiempo. Cinco años, tal vez más. Estimaron que por equivocado que estuviera, no podía errarle por mucho, ya que un encuentro de ese tipo, no se olvida así porque sí. Rastrearían con cuidado toda esa área y por la noche, irían a barrer la “zona de los pescadores”; y se quedarían toda la noche haciéndolo. No se sabía si el animal también tenía hábitos nocturnos, además de lo demostrado en las ocasiones en que había atacado durante el día.

Así lo hicieron durante toda la tarde, empleando tanto las cámaras, como las grabadoras y cada tanto, también el Sonar.

Ya estaba el Profesor por disponer que dieran por finalizada la búsqueda en esa zona, para dirigirse a la de los pescadores y pasar allí la noche. Cuando de pronto algo los conmocionó. Era casi de noche y Rómulo gritó. “¡Vengan todos de inmediato, rápido!”. Algo sucedía, era evidente.

Corrieron todos a la cabina en donde se encontraban los monitores. Custó y Anette estaban allí al comando. “¿Qué sucede?”. “Vengan, miren”, dijo excitado el Profesor. La pantalla del Sonar detectaba algo que se movía frente al barco, a unos cien metros de distancia, según los cálculos. Venía en dirección a ellos, era evidente, ya que la distancia se acortaba a ojos vista. Era algo muy grande, distinto a todas las falsas lecturas que habían tenido.

Esto era algo que no habían visto y la excitación de algunos y el terror disimulado de otros, creó una atmósfera que lo envolvió todo.

“¡Se acerca a nosotros cada vez más!”. “Remo, enciende los reflectores exteriores de la proa. Prefiero verlo con mis propios ojos y prescindir de los monitores”. Dijo Matías a su marinero.

Nadie estaba muy seguro sobre lo que había que hacer, si aparecía el Nahuelito. Mientras tanto, en las pantallas se veía que el objeto seguía acercándose. Remo salió a la cubierta y se dirigió a proa. Allí encendió los dos potentes reflectores de los que estaba provista la embarcación. Las aguas se iluminaron por delante de todos los que se encontraban allí. Sólo el Profesor se quedó en la cabina controlando los monitores.

Matías movió uno de los reflectores hacia la derecha. “¡Allí, allí se ve algo!”, gritó mientras enfocaba con la luz. En efecto, todos pudieron ver una cosa de gran tamaño que avanzaba por debajo de la superficie, delante de la nave, en línea oblicua y a una velocidad considerable. Todos seguían ansiosos su desplazamiento, mientras Matías lo enfocaba lo mejor que podía. Abajo, el Profesor se mantenía alerta. “Está un poco lejos todavía, pero si aparece, las cámaras lo tomarán perfectamente. En un instante la luz ya no lo alcanzó.

“¡Ya está muy lejos Matías!”, gritó Rómulo. “Nos pasó de largo en sentido contrario y oblicuo al de nuestra navegación. En los controles del equipo tampoco se había detectado nada con claridad; ni las grabadoras habían percibido sonido alguno.

“Lástima que pasó a una distancia difícil para la captación de los monitores”. “De todos modos estuvo a unos quince metros, suficientes para que se haya grabado algo que no vimos con nuestros ojos”, dijo el Profesor. “Es sabido que las lentes de las cámaras fotográficas y videos, tienen mayor sensibilidad de captación que el ojo humano, aunque suene agarrado de los pelos”, agregó Anette. “Veamos el vídeo grabado”.

En el monitor se pudo apreciar una figura borrosa, pero muy voluminosa, de color grisáceo. Y más atrás la figura inconfundible de una aleta y de una larga cola.

“¡Vean eso, es una aleta, está nadando!”, gritó Custó emocionado. A pesar de que eso no era una prueba suficiente; porque la figura no era del todo nítida, todos sabían a qué clase de animal pertenecían. “Matías, sólo falta que lo sentemos frente a ti”, exclamó. “¡Es el animal que estabamos esperando!”.

Todos festejaron eufóricos, hubo aplausos, palmadas y abrazos. “Un momento, un momento, no debemos apresurarnos, yo debería ser el primero en controlarme”, recapacitó el veterano científico, mientras veían una y otra vez la filmación que mostraba por tres segundos, la figura esperada.

“Papá, ¿crees de verdad que sea un plesiosaurio?”. “En verdad no sé qué decir, tiene todo el aspecto, por lo poco que sabemos. El cuerpo grande, la forma y distribución de las aletas y cómo las movía, además de una larga cola. Pero todo esto se desmorona si nos atenemos a lo que cuentan los que tuvieron contactos cercanos. Sobre todo en lo que se refiere a las aletas, ya que todos vieron patas, y no existió un animal que tuviera las dos cosas a la vez”.

“¿Qué tamaño le calcularías tú, Matías?”. “Lo que vimos mediría diez metros, calculo como mínimo”. “Es cierto, y no pudimos apreciar ni cuello ni cabeza”. “De todas maneras Profesor, qué otra cosa podría ser. Hace años que transito estas aguas y jamás había visto algo semejante”.

“Matías, tú eres el capitán, pero me parece que han sido demasiadas las emociones. No creo que vuelva por esta noche y sugiero que descansemos”.

“Estoy de acuerdo. Rómulo montará guardia frente a los monitores y yo mismo lo reemplazaré a las dos de la noche. A las seis me reemplazará Remo. Debemos mantener los ojos bien abiertos”, dijo Matías Halvorsen. Todos se fueron a sus camarotes para tratar de dormir a pesar de la excitación vivida.







8


El barco se mecía suavemente, la claridad del día ya permitía ver en profundidad las aguas circundantes. Rómulo se estiró, había sido una noche larga frente a los monitores y el monstruo no había vuelto. Los párpados le pesaban a pesar del esfuerzo por mantenerse despierto. Sintió unos pasos detrás suyo y se dio vuelta. Era Matías.

Se sirvió un café del termo que tenían a mano para las guardias. “Decime Rómulo ¿Viste alguna vez algo cómo lo que vimos anoche?”. “No, ¿qué suponés que es?, ¿un monstruo?”.

“No lo sé, pero de algo estoy seguro; no es nada común a lo conocido. ¿Un cardumen? ¿Un confuso tronco de árbol? No, no es ninguna de esas cosas”.

“¿Qué haremos ahora?”.

“Por lo pronto movernos, andá a dormir y llamalo a Remo. Mientras tanto encenderé los motores. Iremos hacia donde se dirigía la bestia, tal vez tengamos suerte”. A pesar del frío de la primera hora, los motores respondieron, pero el barco no se desplazó. “Aprovechemos la tecnología que disponemos, veamos con los monitores traseros, qué puede estar pasando con la hélice”. Las imágenes no se hicieron esperar. Unas ramas estaban enredadas en ella.

“Hay una sola solución”.

“¿Bajarás?”, preguntó Remo. “Sí, eso debe hacerse a mano. Voy a ponerme el buzo de inmersión”. Pese a que era un hombre de inmersiones bajo cualquier circunstancia, esa mañana no estaba de humor para hacerlo. Pero en algún momento, más tarde o más temprano habría que encararlo, si querían movilizarse.

Todos se habían levantado ya y ayudaban a Matías a colocarse su equipo. “¿Es la única forma de hacer esto?”, preguntó Anette. “Debo bajar y liberar la hélice, otra forma no hay, ¿quieres venir?”. “¿Es una invitación? Ahora no, pero en otro momento sí. Cuídate”. Matías meneó la cabeza, se ajustó la boquilla y el visor, y se arrojó al agua. Pese a su traje especial sintió el impacto de la temperatura de esta mañana helada de otoño. A medida que pasaban los días, el sol calentaba cada vez menos. La respiración de Matías se aceleró. Por un instante le dolió la cabeza, pero se recompuso con rapidez. No era la primera vez que hacía esto y la experiencia es fundamental para un buzo. El pasaje del medio aéreo al líquido es algo interesante, las sensaciones cambian notoriamente y todo pasa a depender de uno mismo. Lo único que se siente es su propia respiración. Luego de unos instantes que empleó en adaptarse, Matías comenzó a movilizarse. Aprovechando que se encontraba allí abajo, decidió recorrer la quilla del barco. Se desplazó hacia la proa, ahora ya respiraba con normalidad y toleraba mejor el frío. Examinó las cámaras de vídeo y los reflectores. Estaba todo en orden. Nadó hacia la popa y verificó que todo estuviera bien. Luego encaró la hélice y sus ramas enredadas. Trató de quitarlas con las manos y no pudo, de modo que sacó su cuchilla de trabajo y fue cortando y apartando, hasta liberar la hélice.

Luego echó un vistazo rodeando al barco y no vio nada anormal; entonces se dirigió a estribor, en donde se encontraba la escalerilla y ascendió al barco.

Los demás lo rodearon preguntando cómo estaba todo por allí abajo. Matías se quitó el traje y se envolvió con una manta, mientras bebía un café que le alcanzó Anette.

“Hace mucho frío allá abajo”, dijo y como para corroborarlo una ráfaga de viento barrió la cubierta. Mientras transcurría el resto de la mañana, se fue nublando hasta que el sol desapareció ocultado por unas nubes amenazadoras de lluvia.

Así fueron transcurriendo los días, mientras que, valiéndose de las cartas marinas, fueron investigando uno por uno los sectores de mayor profundidad submarina. Nada ocurría con el monstruo del lago; de cuando en cuando una falsa alarma causada por un gran tronco de árbol sumergido, alertaba a la tripulación y después volvía la calma.

Una mañana, ya en la última semana de mayo, mientras Matías se dirigía como siempre a levantar al Profesor y su hija para ir al barco, la fina llovizna que caía se convirtió en aguacero y poco a poco se fue convirtiendo en aguanieve.

“Bueno, creo que se vino el invierno”, comentó Matías.

“¿Crees que esto es definitivo?”, preguntó Custó.

“Por la época en que estamos, yo diría que sí”. “En pocos días más tendremos alguna nevada intensa por aquí abajo”.

“¿Eso podrá dificultar nuestros rastreos?”. “Yo no diría tanto –salvo por el frío que sintamos cada uno de nosotros-. El asunto es que ya hemos barrido prácticamente todo lo investigable y hace largo rato que Nahuelito no dio más señales de vida”. “Sí, y el problema es que no tenemos pruebas contundentes. Necesitaríamos una filmación más prolongada y nítida que la que tenemos de aquel memorable día”. “Así es. De otro modo, “el jurado” nos va a bochar la investigación, como ha ocurrido en otros casos”. “Son muy estrictos y no se conforman con leyendas”. “Bien, sigamos con el plan previsto hasta que el clima nos deje, después veremos de suspenderlo”, dijo el Profesor. A lo que Anette agregó mirando a Matías: “Seguramente nos tendrás por aquí nuevamente en el verano y podremos hacer más incursiones juntos”.

“Es posible que el plesiosaurio, o como se llame, haga vida más activa en los meses de verano”. “Quedando en invierno en un estado de letargo”, dijo Custó. “Una invernada, como quien dice”, agregó Matías.

Así pasó una semana más y tal como había previsto Matías, el invierno sentó sus reales en la región, y si bien con la camioneta y su doble tracción no había problemas de llegada a cualquier lugar que se les ocurriera, el problema se les creaba con el frío cuando estaban embarcados. Únicamente era soportable adentro, en la cabina, y siempre había algún trabajo para hacer en la cubierta, con lo cual la cosa se complicaba.

Los días se iban sucediendo en medio del mal tiempo. Raras veces aparecía el sol y la mayor parte de los días, el viento, la lluvia y la nieve los azotaban, obligándolos en más de una ocasión a volver a puerto. El entusiasmo de los primeros días había decrecido, excepto en el Profesor, quien, conocedor de estas situaciones sabía que podían sobrevenir. A los cuarenticinco días de haber comenzado, Custó habló con Matías.

“¿Por qué me pidió esta conversación en privado?”, dijo Matías. “Debo hacerte una consulta como capitán del barco. ¿Cómo ves a tu gente? Quiero decir, si están desmoralizados”.

“Creo que sí. Más que desmoralizados están hastiados de todos estos días sin que pase nada nuevo, con el frío y que no sobrevenga nada excitante. Creo que eso es lo peor para ellos”. “¿Consideras tal vez que debamos abandonar el proyecto ahora?”.

El investigador pudo apreciar fugazmente, cómo el cansancio también parecía haberse instalado en la cara del marino. Pero este, se recompuso como si una nueva energía hubiera invadido su cuerpo y su espíritu, diciendo: “No, de ninguna manera. Aquí vinimos para cumplir una misión, y aquí nos quedaremos todo lo que sea necesario”.

“No te preocupes por el contrato. No quiero que eso interfiera con otro tipo de evaluaciones. Si decidimos interrumpir la expedición, tu y tus hombres cobrarán lo estipulado”, dijo Custó. “No es cuestión de dinero, Profesor, tal vez usted no lo entienda ahora, pero debemos quedarnos aquí”.

A Custó le extrañaron estas palabras de Matías. Un hombre que se demostrara tan escéptico al principio, y que ahora, cuando tenía la oportunidad de salirse del asunto, con los bolsillos bien forrados, se negaba. Tal vez, como decía Anette, Matías tenía algún otro motivo particular muy importante, que lo había llevado a embarcarse en la misión. “Sólo sugería”, dijo. “De acuerdo, continuaremos mientras el clima lo permita. Después de todo yo soy el interesado número uno en toparme con ese animal”.

“Bien, ahora deberá disculparme -dijo Matías-, si esta noche también la pasaremos en el barco, deberemos llevarlo a aguas menos profundas. Es peligroso quedarse por aquí tan alejados de las costas. Podría sobrevenir un temporal y no quiero correr ese riesgo”. “De acuerdo. Y nos turnaremos con el Sonar”. “Eso haremos”.






9


Anette descansaba en su camarote, cuando golpearon a la puerta. “Soy yo hija”. “Pasa papá”. “Allá arriba está haciendo mucho frío. No estoy seguro de que pasemos estas noches a bordo. El tiempo está muy bravo y puede empeorar con resultados catastróficos”.

“Creo que tienes razón, estamos corriendo un riesgo inútil. Pero tú no has venido para hablar del clima, te conozco papá”. “Es cierto, me preocupa Matías”. “¿Qué sucede con él?”. “Le sugerí volvernos, suspender todo y se negó. Pensé que para un hombre contratado, esa podía ser una oferta tentadora, insistió en quedarse hasta que el clima nos echara. Como tú dices hija, Matías oculta algo”.

“Es cierto, papá, pero no sé qué es. Ya varias veces tuve esa impresión”. “¿Tú crees que debamos suspender esto?”. “¿Por Matías?, no, no lo creo. Sus motivos, sin duda, tienen que ver con algo muy personal... Tal vez un recuerdo, algo acontecido que relaciona al Nahuelito con otra persona. No podemos saber lo que Matías pudo haber vivido en el pasado, relacionado con este lago y el legendario Cuero, Nahuelito, o como se llame”.

“Bien, por ahora debemos vivir el día a día, ya que no podemos adivinar cómo se va a comportar el clima. He estudiado los informes meteorológicos de los últimos cinco años, que indican para esta época, altibajos muy pronunciados; de modo que no pude sacar ninguna conclusión”.

Pero sólo aguantaron una semana más. Transcurriendo la segunda del mes de junio, los temporales se hicieron cada vez más bravos, obligándolos a volver a puerto cada atardecer. Además, durante las horas diurnas, fueron solamente tres los días en que el viento los dejó maniobrar con los equipos sumergidos, ya que constantemente el barco sufría el embate de las olas cada vez mayores. Uno de esos días, cuando se dirigían al barco, siendo ya las diez de la mañana, la nevada era intensa y los ánimos no eran los mejores. Fue así como Jack Custó dispuso la suspensión de la búsqueda.

“Matías y Anette. Quiero comunicarles que he decidido suspender en el día de hoy y hasta nuevo aviso, el rastreo y espera por una nueva aparición del dinosaurio. Todo nuestro grupo sabe que existe, pero no lo podemos demostrar a las autoridades y círculos científicos. El clima no permite continuar con comodidad y no quiero llegar al agotamiento mental y físico de nuestro equipo de gente. De manera que propongo suspender y reanudar cuando vuelva el buen tiempo a estas regiones. Sólo iremos ahora hasta el barco, para recoger nuestros equipos personales”.

Matías aceptó la decisión del Profesor, asumiendo que continuar con los trabajos en esas condiciones era suicida. Anette por su parte asintió y dijo: “Decidamos lo que haremos con el equipo subacuático”. “Yo creo que hay que retirarlo –opinó Matías- es muy valioso para que permanezca el resto del invierno y hasta el verano que viene, ahí abajo. Mi gente y yo lo retiraremos el primer día que se pueda y lo guardaremos bajo llave en mi depósito”.

Y otra mañana desapacible, los encuentra a Matías, Rómulo y Remo despidiendo al Profesor y su hija Anette en el aeropuerto de Bariloche. Están en la confitería bebiendo chocolates y bebidas fuertes; entre abrazos de despedida y risas recuerdan los emocionantes momentos y anécdotas vividos en los últimos meses. Custó menciona el vídeo en el cual captaron brevemente al Nahuelito, y que lleva para mostrar en el círculo de sus amigos dedicados a lo mismo que él, para evaluar esa precaria información. Cuando Matías golpeándose la frente con la palma de la mano, exclama: “¡Pero qué tonto soy!, con el ajetreo de la partida y los equipajes, olvidaba esto”. Y sacando un sobre cerrado a nombre del Profesor Custó, dijo: “Esta mañana el correo particular trajo a mi casa esto, muy bien embalado dentro de una caja, y es para usted”. En el sobre podía leerse bien grande la palabra “COFIDENCIAL”. En ese momento anunciaron por el parlante la próxima partida del avión a Europa. Custó dudó en abrir el sobre allí mismo, pero todos los ojos estaban puestos en él con toda la ansiedad, de modo que rasgó el sobre. Dentro del mismo había una nota y unas fotos. Las fotografías eran nueve y mostraban una secuencia de lo que parecía una manta flotando en un sector planchado del lago. Se notaba que la distancia era considerable y que estaban sacadas con zoom, pero el mismo acercamiento del zoom mostraba con nitidez, el fondo de árboles y vegetación de la orilla que se encontraba por detrás del objeto en cuestión. Rómulo y Remo exclamaron sorprendidos: “¡Es el Cuero!, no caben dudas!”. “Veamos qué dice la nota exclamó Matías”. El Profesor y su hija estaban mudos por el asombro y leyeron:

“Estimados Profesor Custó y señorita Anette: Estas fotos las sacamos mi esposa Matilde y yo desde el catamarán en el cual realizábamos la excursión a la Isla Victoria. En esa ocasión todo el pasaje, incluyendo a la guía y no dudo en decir que también el capitán del barco (aunque no lo quiso reconocer), observó a la distancia...”

Y pasaba a detallar lo acontecido en aquel viaje. Luego continuaba: “Teniendo un buen binocular en mi poder, me puse a observar el objeto en cuestión y saqué la conclusión de que “aquello” se desplazaba y no se trataba de una simple ilusión óptica, como nos querían hacer creer. Entonces decidí sacar estas fotos que le acerco. Saquen ustedes sus conclusiones, que son los peritos en el tema. A mi modesto entender no caben dudas: El Cuero se movía.

Unas disculpas por la tardanza en hacer llegar las fotos, cerraban la nota que firmaba: “Pedro, un turista de los lagos del sur”.

Ya en el avión, acomodados en sus asientos, el Profesor y Anette desplegaron las fotos y las pusieron por orden de secuencia y en hilera. Con la ayuda de una lupa las fueron observando una a una, y no había dudas que relacionando el objeto con el fondo de árboles, aquel se desplazaba de izquierda a derecha.

10

Y comenzaron a pasar los meses. El invierno instalado con todas sus armas: Frío, viento, lluvias, aguanieve y nevadas. Estas sobre todo en la alta cordillera, pero de vez en cuando también se dejaban caer por la ciudad y los alrededores. Ni siquiera un grandote como el Nahuelito, asomaba la nariz y seguramente haría lo que hacen muchos animales en estos climas: Invernar.

En cuanto a Matías Halvorsen, era poca la actividad que desarrollaba. Julio, Agosto y Setiembre, son meses para el esquí. Bariloche se llena de turistas en su mayoría esquiadores y casi no se realizan excursiones en barco; el clima no lo permite, el lago por lo general está muy picado y las excursiones son contadas. De modo que nuestro hombre se dedicó a poner a punto su camioneta y retiró el barco del agua para hacerle mantenimiento y tener todo su equipo en condiciones para el siguiente verano. Durante este tiempo se cartearon por correo electrónico con Anette, muy seguido. Era evidente que había crecido entre ellos, algo más que una amistad y una relación de trabajo.

11

Para octubre Matías Halvorsen recibió una carta postal, con remitente en París a nombre del Profesor Jack Custó. Decía:

Estimado Matias:

Espero que cuando termines de leer esta carta, sepas tomarlo con raciocinio, ya que su contenido te va a sorprender y calculo que también a molestar un poco. Debes comprender que el mundo científico se basa pura y exclusivamente en las pruebas que se puedan aportar y dado que estuvimos evaluando los datos relevados durante mi estadía a principios de este año en tu grata compañía; llegamos a la conclusión de que lo que tenemos es... nada.

Hay que separar los aportes verbales que nos han acercado las personas que han tenido contactos con el plesiosaurio. No quiero poner en tela de juicio sus relatos –algunos más creíbles que otros- pero de todos modos, ninguno de ellos sirven para convencer a un “jurado” científico de la existencia de Nahuelito. Ni las fotos en secuencia del señor Pedro ni nuestro (confuso) vídeo, alcanzan para demostrar su existencia. Nosotros –me refiero a nuestro equipo, incluyendo a Rómulo y Remo- sabemos que existe, pero probablemente nunca podamos demostrarlo.

De todos modos y para no ser tan lapidario, decidí intentar una nueva búsqueda que abarcará sólo el mes de diciembre y estará bajo la dirección de Anette. En cuanto a mí, es posible que me haya llegado la hora del retiro –por lo menos activo-. A mediados de este año tuve problemas con mi salud y los médicos desaconsejaron la actividad subacuática y por un tiempo también, las actividades que exigen los embarques.

Espero que sepas comprender que para mí es muy oneroso el mantenimiento prolongado de una búsqueda, que, por otro lado tuvo actividad intensa durante los meses de abril y mayo, sin resultados altamente satisfactorios.

A fines de noviembre Anette viajará a esa, previamente a ponerse en contacto contigo.

Tuyo con afecto, Prof. Jack Custó.-

Matías no supo como reaccionar al terminar de leer. Su primer impulso fue el de tomarse un avión a París para encarar a Custó y obligarlo a cambiar de opinión. No podía entender cómo, después de lo que habían visto en relación al monstruo del lago, pudiera suspender todo sin remordimientos. Luego se tranquilizó y concentró su espera en el no muy lejano encuentro con Anette. Ya estaba transcurriendo el mes de octubre; sólo quedaba noviembre y luego vendría la linda científica. En un mes podrían encarar muchas cosas juntos. Desde lo personal inclusive, por qué no. Y era, además, tiempo suficiente para hacer contacto con el Nahuelito.

12

Faltaba una semana para que finalizara el mes de Noviembre. Esa mañana Matías Halvorsen, con el sol ya alto sobre el horizonte, cebaba unos mates en la cubierta de su embarcación. Remo, su marinero, lo acompañaba cuando llegó muy azorado Rómulo. Traía un sobre de correo que estaba fechado en París y firmado por Anette Custó.

“Querido Matías:

Espero que se te haya pasado la bronca (como dicen ustedes), que te habrá provocado la carta de papá.

Debes comprenderlo, se siente viejo después de las limitaciones que le impuso el médico y el no poder estar al mando de la acción y metido de lleno en ella, lo tiene un poco deprimido. Yo sé que se le pasará porque lo veo mejorando día a día. De todos modos y tal como se dan las cosas, viajaré para allá en los próximos días y veremos qué podemos hacer con todo el mes de diciembre por delante. Tengo entendido que el clima está inmejorable y tu estás ansioso por verme. Digo... por encontrar al escurridizo Nahuelito.

Tuya con afecto. Anette.-

Obviemos pues los prolegómenos y no demoremos más la acción.

El 3 de Diciembre, Matías, Anette, Rómulo y Remo, soltaban amarras en el puerto del Club Náutico Bariloche y enfilaban la proa lago adentro.

“Me parece bueno el determinar como primer punto de búsqueda, la zona donde el turista Pedro hizo el avistaje desde el catamarán”. “Sí, en definitiva fue el último en ver algo concreto”. “Después pasaremos a rastrear las dos zonas de mayor profundidad que tiene el Nahuel Huapí”.

El resto de la mañana la pasaron barriendo con los equipos submarinos la “zona de Pedro”. Luego de un rápido almuerzo, Matías y Anette decidieron bucear y les dijeron a Rómulo y Remo que prepararan sus equipos de inmersión, para turnarse con ellos. Rastrearían las profundidades por parejas, hasta que se cansaran. Así lo hicieron durante 5 ó 6 horas y en algunas inmersiones llegaron hasta los veinte metros de profundidad, lo cual es mucho en esas gélidas aguas.

Esa noche la pasaron en el barco. Habían llevado comestibles como para hacerlo y a la mañana siguiente, ni bien el sol calentó un poco, decidieron hacer lo mismo que el día anterior. Primero bajaron los dos marineros y volvieron con la novedad de haber visto una zona de las aguas profundas con turbiedad y plantas acuáticas flotando. En la siguiente zambullida Anette y Matías investigaron esa misma zona y luego de un tiempo sin que vieran nada anormal, decidieron subir a la superficie. Anette ascendía delante de Matías a pocos metros de él. Fue en eso cuando Matías sintió un desplazamiento del agua que lo apartó de su línea de ascenso. De pronto vio a su izquierda lo que había originado ese desplazamiento. Un gran cuerpo cuya cabezota lo impactó haciéndole perder la noción por un instante. Entonces sintió que la corriente generada lo arrastraba. Pudo ver una boca que se abría amenazadora y un ojo que lo miraba con cierta “inteligencia”. Un cuerpo áspero le pasó por debajo arrastrándolo sin que pudiera controlar sus movimientos. La enorme masa se desplazaba y lo arrastraba con él. Las burbujas del tanque le obstruían la visión. La desesperación y el espanto se estaban apoderando de Matías. Una aleta o pata anterior lo golpeó hacia abajo e hizo que pudiera apartarse del cuerpo. Entonces pudo verlo en toda su dimensión, un cuerpo voluminoso más grande que el de una orca, pero no tanto como el de una ballena; con un cuello de mediano largo, una cabeza más bien pequeña en proporción al cuerpo y una larga cola que ondulaba haciendo las veces de propulsión del animal. También alcanzó a ver cómo se zarandeaba el barco con todo ese torbellino. Se colocó la boquilla que había perdido con los golpes y trató de escapar hacia arriba. En eso aparecieron delante de él una figura y luego otra y otra. Eran Anette y los dos marineros que trataban de ayudarlo. Nadaron los cuatro para alcanzar el barco, pues el animal podía volver a la carga en cualquier momento. Pero nada ocurrió y alcanzaron rápidamente la escalerilla; ayudaron a Matías bastante maltrecho y ya los cuatro en cubierta, le quitaron el traje de inmersión. “¡Matías! ¿Cómo te encuentras?”, preguntó Anette, mientras Rómulo lo envolvía con una manta. “Estoy bien, estoy bien. Sólo un poco machucado por el maldito bicho, pero no me lastimó”. “Por suerte, parece que no te quebró ningún hueso”, dijo Remo mientras le palpaba el cuerpo en busca de algo roto. “Bien, ahora sabemos que estamos en el buen camino”. “Parece que le molestó más nuestra presencia por allá abajo, que el desplazamiento del barco en la superficie”. “Es verdad, es como si hubiéramos invadido su territorio en las profundidades”. “No quisiera estar cien metros más abajo”. “Creo que si eso fuera posible, no volveríamos a ver el sol”.

“Esto bien pudo haber sido una advertencia”. “¿Te parece que tenga tal sentido de raciocinio?”. “No, en el sentido exacto de la palabra, pero quizás esté defendiendo algo”. “O a alguien”, dijo Anette, haciendo que los otros tres la miraran asombrados.

Pasaron unos días más que utilizaron en rastrear con los equipos y sumergirse ellos mismos, alternadamente. Ahora cuando bajaban lo hacían de a tres, cosa de poder defenderse de alguna forma contra el posible ataque del dinosaurio. No cabía ya otra manera de llamarlo, puesto que habían comprobado que no se trataba de un anfibio del tipo de la ballena, la orca o el delfín. Sólo se mantenía la incógnita sobre las patas y/o las aletas y cada uno tenía su versión del asunto.

Sin embargo nada ocurrió en una semana. Entonces decidieron ir a rastrear en la fosa submarina que se encontraba no muy lejos de allí. Tuvieron la idea que, como todo animal que no quiere problemas, bien podía haberse desplazado a otro lugar. Y qué mejor que una buena profundidad para esconderse.

A todo esto ya había transcurrido la primera quincena de diciembre. No les quedaba demasiado tiempo. El Profesor había sido muy claro en sus directivas y muy corto a la hora de largar el dinero necesario.

Esa noche durante la cena, evaluaron la situación a partir del encontronazo que habían sufrido los días anteriores.

“Fue algo así como una advertencia”, dijo Anette. “No quiero decir que realmente ese monstruo haya querido hacer eso, pero la mayoría de los animales, para amedrentar a otros que invaden su territorio, les gruñen o les muestran los dientes, para hacerles entender que si persisten en invadir su terreno, se las tendrán que ver con ellos”. “¿O sea que nosotros estamos invadiendo su territorio?”, preguntó Matías.

“Es posible. Esta puede ser su zona de pesca en esta época y nosotros la estamos ocupando. Para él somos otros animales que le disputan su comida”. “¿Tengo que creer que esa bestia me atacó, sólo por defender su ‘pescado’?”. “Sería una explicación razonable... Pero a mí me quedó picando la teoría de que esté defendiendo algo o alguien”, dijo Rómulo. “Cuando un animal ataca a un hombre, es por temor. Sí, aunque parezca ridículo, cuando una fiera mucho mas fuerte que tú te agrede, es porque te teme, te desconoce. Piensa que tú le intentas robar su territorio, su alimento, su hembra, sus crías. Es la conducta de los animales”, dijo Anette. “Discúlpenme ustedes, tal vez no les guste lo que voy a decirles, pero el que estuvo ahí abajo a punto de ser partido en dos, fui yo. Ese animal –además de una valiosa pieza de museo- es un peligro. Cualquiera que ande tranquilamente por allí pescando o paseando, puede ser atacado”. “¿Y entonces, a dónde quieres llegar?”, preguntó Anette alarmada por lo que estaba oyendo.

“A cazarlo”. Respondió el marino.

“¿Qué dices?”. “Que voy a cazarlo con esto”. Y levantándose de su asiento se dirigió a un armario, lo abrió y en su interior quedó al descubierto una completa colección de arpones, cuerdas y otros elementos de caza acuática. “Perdóname –dijo Anette- pero te estás volviendo loco, no podemos lastimarlo, mi padre no nos perdonaría nunca”.

“No lo lastimaremos, sólo lo inyectaremos con un adormecedor. De esa forma podremos enredarlo y remolcarlo hasta la costa. Una vez allí lo mantendremos cautivo hasta que tu padre disponga alguna forma para trasladarlo”.

“Estás completamente equivocado y tendrías que ser el primero en darte cuenta que este animal debe permanecer en el lago Nahuel Huapí”. “Escúchame muchachita. La vida te da pocas oportunidades y cuando se presenta una no hay que desperdiciarla. Es animal vale una fortuna". “No puedo creer lo que estoy escuchando”, dijo Anette. “¿Sabes lo que ocurrirá cuando informemos de nuestro hallazgo? Vendrán a atraparlo y se lo llevarán para encerrarlo en un acuario y exhibirlo. Seguramente después de un tiempo en cautiverio, morirá y ¿qué habremos conseguido?, seguramente dinero y fama; pero a la vez habremos contribuido a la extinción de esta milagrosa supervivencia a través de los siglos. Dijo Anette con énfasis, mientras Rómulo y Remo asentían con la cabeza.

Matías escuchó en silencio aquellas razones; mientras Anette continuó, tal vez inspirada por el razonamiento de su padre ausente. “Ese animal que te atacó quizás sea el último de los suyos. ¡Esa bestia debió haber desaparecido hace 60 millones de años! El hombre hace sólo un millón de años que habita este mundo y sin embargo está ahí afuera, tú lo viste.

Todos se habían quedado sin palabras. Luego Matías preguntó cuáles habían sido las instrucciones de las entidades que solventaban la expedición. “Investigar –dijo Anette- En ningún momento se habló de capturar. Creo que, porque no se pensó realmente en que nos toparíamos con él”.

“¿Qué piensan hacer ahora que la situación a variado?”, preguntó Matías. “No sé realmente. Tú no conoces a la comunidad científica. Después de todo no tenemos grandes pruebas, porque en los momentos en que apareció frente a nosotros, nadie le tomó una foto o lo filmó. O sea que sólo poseemos una filmación borrosa y las lecturas del Sonar. Con esos elementos no puedes presentarte ante un Comité Científico”.

“Pero si les llevamos al plesiosaurio y se lo ponemos sobre su escritorio, no podrán negarlo”, insistió Matías. “No te rindes, ¿verdad? No te critico, pero sigo pensando que no es la mejor forma de hacerlo”, dijo Anette.

Luego todos se fueron a dormir. Había sido una larga discusión, eran las dos de la madrugada y estaban rendidos.


13


Todas las luces de la cabina estaban apagadas y la poca luz interior provenía de los faros de posición que estaban afuera. El Sonar también emitía su intermitente sonido. La luna con su resplandor, completaba el cuadro de nave fantasma meciéndose en medio del lago.




El tiempo de verano no amenazaba con lluvias ni tempestades, por lo que habían decidido fondear allí mismo, en el lugar.

Matías había preferido hacer la primera guardia, ya que estaba bastante despabilado luego de la discusión mantenida. ¿Cuál era la correcta actitud a seguir? El Nahuelito existía, era real y nadie mejor que él para afirmarlo. Sabía que Anette y su padre tenían razón. Esperaría a que ellos hicieran sus investigaciones, para luego determinar qué hacer.

Un ruido lo quitó de sus pensamientos. Anette subía la escalerilla desde los camarotes. “Eres tú”. “Sí, no puedo dormirme y pensé que tal vez quisieras hacerme un té o un café”. “Anette, quisiera disculparme por mi actitud de hoy”. “Yo también estuve un poco dura”, dijo acercándose a él. Se miraron intensamente. Se atraían desde un primer momento cuando se conocieron. Él la atrajo hacia sí, ella lo dejó hacer y luego le pasó un brazo por detrás del cuello. Sus labios se juntaron en un prolongado beso.

“¿Qué piensas hacer cuando la expedición termine?”, preguntó Anette. “Buena pregunta, yo diría... ¿cómo terminará? Tal vez me tome unas vacaciones en un lugar de mucho sol, en donde el invierno tarde en llegar... Un permanente verano, casi diría. Tal vez quieras acompañarme”. “Me gustaría”. “Hace mucho tiempo que no me sentía así, realmente atraído por alguien”. “Me pasa lo mismo, Matías, quiero confiar en ti. Abandona la idea loca de cazar al plesiosaurio. Demostremos que existe y que debe sobrevivir en estas aguas. Luego disfrutemos nosotros dos, lejos de todo”. Volvieron a besarse con intensidad una y otra vez hasta que la razón prevaleció y se separaron conscientes de que alguno de los marineros podía aparecer de improviso.

Bajaron tomados de la mano a los camarotes. Eran las dos de la madrugada y Matías podía ser reemplazado, así que golpeó la puerta de Remo y le dijo que se encargara de la vigilancia. Casi no esperó respuesta, mientras Anette lo tironeaba rumbo a su camarote.



14


“Por qué creen ustedes que cada vez que nos ve nos ataca”. Preguntaba Matías, cuando se encontraron una vez más reunidos los cuatro en la cabina. “Es una cosa que me gustaría averiguar, para saber algo más sobre sus costumbres. Se me ocurre que los ataques son para alejarnos ¿Por qué motivo? Eso me intriga”, dijo Anette. “¿Y cómo te sientes con este descubrimiento?, es lo que tu padre persiguió toda su vida”, dijo Matías.

“Es cierto, me place ver que tenía razón; que los años de búsqueda no fueron inútiles. Haber encontrado esta conexión entre nuestro mundo y la era secundaria es lo más grandioso, todo lo que un científico puede pedir. Y creo que es hora que te lo agradezca, tú también eres parte de esto”, dijo Anette. “Sabes muy bien que me metí por voluntad propia; en cierta manera sabía que esto iba a ocurrir y ahora me siento más tranquilo”. Todos se quedaron en silencio.

La puerta de la cabina se abrió dando paso a Rómulo que venía desde la cubierta. “¡Rápido, será mejor que vean los monitores!”. “¿Has visto algo allá afuera?”, le preguntó Matías. “Sí, está cerca de aquí, unos quinientos metros a estribor, acabo de ver al clásico Cuero y se desplazaba lentamente”. Anette ya se encontraba frente a los equipos. “Estoy recibiendo una señal, pero...”. “¡Pero, qué!”.

“Al ver la imagen del Sonar noto algo extraño, no es lo normal”. Matías observó a su vez: “Es cierto, hay como una superposición de ecos. Como si hubiera algo más junto a él”. “El agua está muy revuelta, tal vez eso distorsione el eco”, aventuró Remo. “O una compañera”, dijo Matías. Todos lo miraron interrogantes.

“Nada más natural, que no sea solamente uno, que sean dos y estén nadando juntos. En algún momento se habló de que podía haber toda una familia. De otra manera cómo se explica que hayan llegado hasta nuestros días”. “Es cierto, tienes razón y tal vez esa sea la explicación de los ataques: Está protegiendo a su pareja”. “Sigámoslos –dijo Matías poniéndose al timón-. Encendieron los motores y se dirigieron en dirección al animal, que está vez en lugar de enfrentarlos parecía rehuirlos. El barco se acercaba a buena velocidad. “Es más rápido de lo que hace suponer su corpachón. Seguramente sabe que lo perseguimos y por alguna razón, rehuye el enfrentamiento”. “¿Qué indica la señal?”. “Sigue siendo extraña, aunque todavía no podemos asegurar que sean dos los animales”. A lo lejos, a unos doscientos metros, el acostumbrado ojo del marino avizoró algo distinto; tomó los prismáticos y vio el oscuro lomo que avanzaba levantando nubes de agua. “¡Allá está, hacia la proa!”. Todos salieron entonces a cubierta. De pronto Matías vio algo que le dio una idea. El lago en esa parte formaba una pequeña bahía. Tal vez podría obligar al animal a dirigirse allí y tenerlo cercado. Entonces viró la nave para esa maniobra. “¡Qué haces Matías, lo perderemos!”, le gritó Anette. “No, sólo estoy tratando de colocarme sobre uno de sus lados y lo obligaré a meterse en la bahía. Lo contendremos ahí”. Llevó la nave a gran velocidad. La bestia seguía nadando y él la iba cercando dentro de la bahía. Cuando vio que se había adelantado al dinosaurio, se dirigió en diagonal, hacia un punto frente al animal. “¡Miren, está comenzando a girar hacia la bahía!”, gritó Matías. “Es cierto, está escapando de nosotros hacia la costa”. “Ahora disminuyamos la velocidad para no provocarlo demasiado”.

Se habían acercado a menos de cien metros y lo veían claramente. Parecía tratar de mantener distancia. Conforme se iban acercando, el plesiosaurio se acorralaba contra la costa, que en ese lugar no tenía playa y en su lugar un pequeño acantilado le daba, seguramente, una buena profundidad a las aguas, como para contener sumergido al animal. Matías dirigió el barco directamente pero aminorando la marcha al límite.

“Parece que no supiera qué hacer, no se muestra agresivo como las otras veces”, dijo Anette. “Seguiré avanzando lentamente, tú ocúpate de que el Sonar y los monitores registren todos sus movimientos. ¡Rómulo y Remo, manténganse en alerta sobre cubierta!”. “Ahora va de un lado a otro”. “Otra vez la señal emite de forma extraña”. “¿Cómo si fueran dos animales?”. “No lo sé. Por momentos varía. Hay uno solo y de repente se superpone otra señal”. “Ten cuidado Matías, nos estamos acercando demasiado, ya nos a atacado en otras oportunidades y bien podría hacerlo ahora”. “Escapa de nosotros como si tuviera miedo ¡Ahora lo tengo!. En el monitor aparecía la imagen agitándose de un lado a otro. “¡Vean, qué es eso!”, gritó Anette. “¡Es otro animal!”. En efecto, la imagen mostraba que tras el voluminoso cuerpo, nadaba otro más pequeño. “Por eso las señales raras del Sonar, el más chico se encontraba cubierto por el otro y las señales rebotaban y eso daba una señal distorsionada”. “¡Qué les parece! ¡No solo encontramos un plesiosaurio, sino dos!

Y fue en ese momento que se sacudieron las aguas y emergió amenazadora la cabeza del animal mayor. Era evidente que los observaba evaluando qué hacer. Unos instantes después, al costado del grandote, emergió una cabeza mucho más pequeña, como un modelo a escala. Toda la tripulación contemplaba azorada el espectáculo nunca presenciado por nadie, que se tuviera conocimiento. “¡Ahora comprendo todo! Es la cosa más natural, es una madre protegiendo a su cachorro”, exclamó Matías. “Por eso nos atacaba, protegía a su pequeño”, agregó Anette.

El “pequeño” mediría unos siete metros, de los que podían ver los tres correspondientes al cuello y la cabeza. Se mantenía pegado a su madre. “Esperemos que ahora no aparezca el papá”, dijo Rómulo. “Sería desastroso para nosotros, porque seguramente no se andaría con vueltas y nos borraría del mapa”. Un sonido atrajo su atención. “La” plesiosaurio emitía una especie de ronco gemido. Se les erizó la piel a todos, parecía una súplica. “Está tratando de decirnos algo...”, arriesgó Anette. “No, no puede ser posible”, dijo Matías. “¿Qué sabemos nosotros de los animales?, ¿hasta dónde llega su comprensión? No olvidemos que los dinosaurios eran los únicos seres vivientes en todo el planeta, y bien podrían haber desarrollado un cierto grado de inteligencia. ¿No comprendes Matías?, nos está pidiendo que los dejemos en paz, quieren irse, volver a las profundidades. No tenemos derecho a acosarlos. ¿Acaso no podemos equivocarnos al decir que no eran seres inteligentes?”

“Comprendo; somos unos intrusos, no tenemos derecho a interrumpir o molestar una vida, por más intrigante y tentador que sea. Por mi parte estoy dispuesto a no informar de esto que estamos viendo a nadie, y menos a las autoridades de prefectura. Dijo Matías convencido. “Sí –dijo Anette- yo me las tendré que ver con mi padre y ya veré cómo me las arreglo para convencerlo”. “No quisiera estar en tu lugar, pero si no quieres complicarte, te sugiero que destruyas la filmación que pudieras haber hecho”. “En realidad no filmé nada de esto, ya que quedé petrificada con lo que vimos. Sólo tengo las señales del Sonar registradas”. “Bien, entonces ya sé lo que haremos”, dijo el marino, y dirigiéndose al timón, puso marcha atrás a la maquinaria de la nave y comenzó a retroceder.

A medida que tomaba distancia fue dejando libre la salida de la pequeña bahía en donde habían encerrado a Nahuelito y su cachorro. Estos al verse libres comenzaron a nadar alejándose de la costa. Sólo sus enormes lomos se dejaban ver sobre la superficie del agua. Majestuosamente se deslizaron para alcanzar aguas más profundas. Pero por un instante el mayor se detuvo, sacó su largo cuello y desde la distancia emitió un sonoro bramido que resonó por sobre el lago Nahuel Huapí. Luego se sumergió, las aguas se calmaron y no se los volvió a ver. Los dinosaurios se habían ido.

El viaje de regreso fue silencioso. Un glorioso sol daba todavía calor de verano a esa tarde. Algo demasiado importante había ocurrido en las vidas de los cuatro, algo difícil de olvidar. Ahora sabían la verdad del Nahuel Huapí y su fantástico Nahuelito. Anette estaba contenta por lo que había hecho. Su corazón había prevalecido por sobre el científico que llevaba en sus espaldas. Matías por su lado había dilucidado un antiguo dilema que siempre lo había intrigado como navegante de esa regiones que sentía tan suyas. Llamó a Rómulo y Remo y les preguntó qué les había producido ese encuentro con el Nahuelito. Ellos todavía estaban conmocionados y no podían emitir un razonamiento frío. Matías los liberó de todo compromiso; les dijo que eran libres de contar lo que quisieran sobre lo que habían vivido.

Al llegar a puerto, mientras amarraban salió a recibirlos Huenchupán, el prefecto, que era viejo conocido de Matías diciéndole con tono de burla: “¿Y, encontraste tu monstruo?”.

“Andate al diablo. El único monstruo en este lago sos vos”. Le contestó sonriendo Matías y tomando a Anette por el hombro se alejó rumbo a su camioneta. Se dieron vuelta para echar un último vistazo al planchado lago, a lo lejos les pareció ver algo que sobresalía del agua, como el lomo de un gran animal. Luego se dieron vuelta y riéndose, tomados de la cintura se fueron para el vehículo.<>


FIN de la novela




Volvemos a 1922 con los hechos reales


Instrucciones a la expedición



“Sr. Ingeniero D. Emilio Frey”

“Para llevar a cabo con toda seriedad la expedición, es necesario que desde el momento de salir de Constitución hasta su destino nadie sepa quién es usted ni el objeto que lo lleva. Probablemente en el mismo tren, sale un periodista, el Dr. Vaccari, hombre de cierta edad, muy grueso, de anteojos, sin bigote y el que se adelanta al viaje del grueso de la expedición, de miedo a quedarse atrás y a todo trance quiere llegar a destino.

A los que sean amigos suyos y conversen con usted, declarará que va a ver a su familia, y a preparar el viaje del Sr. Fernández Beschedt, de los Ferrocarriles del Estado.

Cuando usted telegrafíe, hágalo con telegrama urgente indicando a donde se le debe contestar, y para pedir la salida de los expedicionarios y no tengan conocimiento los telegrafistas, debe telegrafiar así:

“Entre tres días puede Ud. Proceder”; que yo traduciré como: “salga la expedición en la primera combinación”.

Los parajes donde Ud. se encuentre, póngalos con las palabras siguientes: “Estoy o llegaré a:

Vino quiere decir Epuyén

Colorado Cholila

Vertientes Lago Kruger

Minas Lgna. Cronómetra

Lepá Río Persey

Esquel Lgo. Menéndez

Y si tiene otros nombres se servirá Ud. indicarme la clase, antes de irse guardando una copia y otra yo.

Le aviso a Ud. que el Administrador de Ferrocarriles, ya ha dado orden telegráfica a los de San Antonio de que en Esquel le presten todos los auxilios necesarios.

Me entregarán además esta tarde una credencial del mismo Administrador para que pueda Ud. presentarse con suficiente autorización.

Me avisa además que en Punta Rieles hay dinamita disponible y la correspondiente mecha de tiempo. Yo el jueves a la noche lo veré en la estación.

Nota: La noticia de que van a San Antonio es para despistar”.

Clemente Onelli.-



Bariloche, 3 de Mayo de 1922



“Sr.Clemente Onelli – Buenos Aires”

“Circunstancias imprevistas me impiden bajar con la comunicación de mañana a esa. Pero en cambio van estas líneas que lo pondrán al tanto de la marcha y resultado de nuestra expedición.

El 7 de Abril salí de Bs. As., después de realizadas mis diligencias en el Ministerio, para la creación del Parque Nacional. El 10 llegué a esta donde me encontré con el Dr. Vaccari, quien había regresado el día anterior del Lgo. Correntoso. No había logrado dar con el extraño animal. El “Cuero”, por referencias que tengo, ha sido visto también en otras lagunas, retiradas al Norte y al Sur del Lgo. Nahuel Huapi. El jueves 13 pude mandar el vapor Cóndor en busca de los expedicionarios, quienes regresaron el 15 a esta. De aquí salimos el lunes 17 en dos autos, llegando el miércoles 19 a la mina de carbón de Epuyén, donde la administración de los F.F.C.C. del Estado dispone de habitaciones para alojar.

Esa misma tarde se despacharon chasques para reunir los elementos de movilidad indispensables. Conseguiría un catango o caballos para dirigirnos al Hoyo de Epuyén, donde ya teníamos noticias que estaba radicada la familia de Sheffield. Así pudimos salir el 21 después del almuerzo, alojándonos en casa del Sr. ..., quien puso a nuestra disposición una habitación. Esta queda a unos 300 metros al este de la lagunita que debíamos explorar, donde se había visto el animal extraño por última vez...

... Enseguida pasamos al puesto de caza de Sheffield que queda a unos 150 metros al otro lado del laguito. Nos encontramos allí con la señora de Sheffield y parte de su familia (tiene 12 hijos). Debo hacer constar que la familia vive habitualmente en el valle de El Bolsón, cerca del lugar llamado Los Repollos, distante unas doce leguas de aquí. El puesto que ahora ocupan es el que Mr. Sheffield llama en su carta “Choza de cazador”. Su hijito José nos acompaña al sitio donde fue visto por última vez el animal y dejado rastros, hace ya seis meses. Está bastante borrado, debe haber tenido unos 30 cms. De ancho. Posteriormente no ha habido rastros del animal, lo que es de extrañar, pues según declaración de la señora hacen tan sólo 20 días, que Juan había apercibido nuevamente al misterioso animal. La lagunita tendrá 300 metros de diámetro y está rodeada de pinos y montes. Del cerro Pirque baja un hilo de agua que la alimenta. Hicimos ese mismo día una picada a través del monte, donde instalamos un buen puesto de observación para dominar toda la superficie de la lagunita. A esta la llamé Lagunita Misteriosa.

Esa noche se instaló la guardia. Al día siguiente hice recorrer todo el contorno, sin resultado alguno. La mayor profundidad es de 5 metros. De noche se instala de nuevo la guardia. El día 22 se recorrió toda la zona y visto que no había rastro alguno, se hicieron explotar media docena de cartuchos de dinamita a la vez, en toda la superficie. El resultado fue también negativo, pues no apareció nada en las costas; ni siquiera algún pejerrey de los que abundan en el río Epuyén. Con esto dimos por terminada nuestra principal misión, no sin antes dejar encargado al vecino Sr. Santana de explorar todos los días la lagunita, pues era probado que conforme crezca el río ha de volver a aparecer el animal, que bien puede haberse retirado para el lago Puelo, por el río Epuyén. Pero explorar todo el río y los lagos Epuyén y Puelo, es cuestión de meses, y por esta razón nadie mejor que los pobladores para su vigilancia; lo que se ha de llevar a cabo con mucho celo por los pobladores, ya que creen firmemente en la existencia de este animal extraño, y que a raíz de nuestra expedición han tomado mucho interés en el asunto. Más que yo, he manifestado que el Sr. Onelli remunerará bien, cualquier dato que determine la captura del animal.

Acompañado del Sr. Estrella hice una excursión hasta la entrada de El Bolsón, que hubiera querido recorrer en parte, pero que dada la premura del tiempo, hube de suspender. Había visto este valle por última vez en 1903 cuando, de acuerdo con el fallo del árbitro inglés, se colocaron los hitos divisorios entre Chile y Argentina. ¡Qué cambio!¡Qué contraste con lo que eran entonces esos valles! Hoy día prospera una floreciente población y se pude decir que Maitén, Cholila, Epuyén, el Hoyo, El Bolsón, los Repollos, el Foyel y el Manso, constituyen una serie continua de poblaciones, de chacras y estanzuelas donde debe existir una población que no bajará de los cincomil habitantes, en su mayoría chilenos, buenos y malos. Estos últimos habrá que tener bien en cuenta la Dirección de Tierras, para su eliminación y podrán poblar en los fértiles y extensos valles del río Puelo en territorio chileno, límite de El Bolsón, donde ya se va poblando con elementos de la misma nación, emigrados de Bolsón, Epuyén y Cholila.

Vuelvo otra vez a nuestra expedición.

En ese mismo día, regresamos a la mina de Epuyén y por la tarde se descompuso el tiempo, principiando a nevar en las alturas; índice de que en la región cordillerana hace su entrada el invierno con todas sus tempestades y que debido a los malos caminos es el motivo de que toda esta región quede incomunicada para el tránsito de vehículos durante seis meses. No había tiempo que perder y al día siguiente, 24 de abril, emprendimos la retirada a la estancia El Maitén y en la tarde se desplomó el temporal, nevando hasta los 700 metros de altura. Hubiera deseado recorrer con el personal los lagos Cholila, Rivadavia, Menéndez y Futalafquen, embarcándome en bote para seguir a 16 de Octubre, haciendo el mismo recorrido que en el año 1898, que fue de tan fatales consecuencias para mi expedición; donde perdí ahogados en el rápido de Futaleufú a tres de mis valientes acompañantes, salvándome yo milagrosamente. Pero dado lo avanzado de la estación, hube de desistir de tales propósitos, que habrá que realizarlos en la próxima temporada, para completar dignamente el motivo de nuestra actual expedición.

En Maitén me encontré con el auto de la carrera Neuquén-16 de Octubre, que hacía su último viaje a este punto. Apenas tuve tiempo de dar las instrucciones de regreso al resto de la Comisión, para regresar a Bariloche y dada la excelente oportunidad que se me brindaba, me embarqué para 16 de Octubre. Pensábamos llegar en el mismo día, pero la nevazón oscureció tanto, que no se veía nada y tuvimos que parar en la estancia Leleque. Debo mencionar que en todos estos establecimientos: Lahusen las Bayas, Maitén y Leleque fuimos acogidos con la mayor cordialidad; lo que agradezco sinceramente”.



Para burlarse de los que buscaban al plesiosaurio, en Bariloche construyeron un muñeco y los vecinos se disfrazaron de los principales personajes de la época que tuvieron que ver con la expedición. Entre otros: Martín Shefield, el primero de la izquierda- Emilio Frey en el centro y Primo Capraro, que sostiene un cartel ilegible.


ODISEA PARA VER A MR. SHEFFIELD


“Mi viaje a 16 de Octubre respondía a entrevistarme con el señor Sheffield, quien se encontraba enfermo, por cuyo motivo no pudo bajar a Epuyén. El 25 de abril mejoró el tiempo y seguimos hacia 16 de Octubre por los campos tapizados de nieve, de suerte que la capa de nieve no era muy gruesa. Llegamos a Esquel a las tres de la tarde. Previo almuerzo, averigüe el paradero de Sheffield, hice funcionar la red telefónica de la Colonia y supe que se encontraba en Río Grande, distante 12 leguas. No había tiempo que perder; el auto regresaba al día siguiente y Sheffield no podía venir.

Contraté un auto y a las 15 salí rumbo a Río Grande con esperanzas de volver a la madrugada. Sin embargo, la gente conocedora del camino me advertía que sería una empresa arriesgada dado el estado de los caminos. Así que después de haber recorrido unas cuatro leguas, nos empantanamos en unos menucos. Recorrí unos kilómetros a pie buscando elementos para liberar el auto, pero a pesar de los esfuerzos realizados con cuatro caballos, no salimos del pantano. ¿Qué hacer? Ir a verlo a Sheffield, perder la combinación, y para el norte hubiera tenido que regresar vía Chubut, lo que cambiaba completamente la faz de mis planes, pues deseaba acompañar a la Comisión en su viaje de regreso a Neuquén, bajando en bote por el Río Limay.

Mi deseo de ver a Sheffield no era tanto para agregar algún dato nuevo a los ya obtenidos, pero quería hacer un acto humanitario, llevándolo a Buenos Aires para su cura en algún hospital; dado que aquí difícilmente podría restablecerse.

Se hizo la noche y pude conseguir un caballo con el cual regresé a Esquel, a donde llegué a las dos de la madrugada, casi congelado por efecto de la formidable helada que se asentó esa noche. En Esquel tuve tiempo de hablar todavía con William Christmas Jones, para que de algún modo hiciera una acción para mandar a Sheffield a Bs. As.-

La salida del auto se demoró, lo que me dio tiempo a recorrer la población y tomar algunos datos más. Así en el lago Rosario, se ha visto por los pobladores, también un animal extraño, que coincide en un todo con el cuero observado en el lago Correntoso. También aquí encargué mucho que avisaran a los pobladores, de interesarse por el animal misterioso.

El 28 de abril regresaba a Bariloche a cuyo punto, el grueso de la Comisión había llegado el día anterior. Aquí se dejan los elementos más necesarios para poder seguir la campaña en la primavera. Para el lunes 1º de Mayo queda fijada la salida por el Río Limay, a cuyo efecto hemos comprado un bote apropiado, donde cabemos todos y también para que pueda cargar con nuestro equipaje. Para la parte inferior del río, el jefe de policía Sr. García, nos ha proporcionado al agente Aguilar como baqueano, quien es práctico en el río, por haberlo bajado varias veces.

Lunes 1º de Mayo. Una difícil operación quirúrgica, a la cual debe someterse una de mis hijitas, me impide acompañar por el río a mis intrépidos acompañantes. Ellos saldrán sin embargo, hoy. Deséoles buen viaje y hasta pronto en Buenos Aires”.

Emilio Frey.-


Mayo 23 de 1922


“Mi querido ingeniero Frey:

Le mando las instrucciones con el objeto que lea sobre todo, atentamente la idea que tengo sobre la posible encontrada del animal en aquellas puntas donde el divortium aquarum, alejado de la cordillera, deja martillos como El Bolsón, Epuyén, oeste de 16 de Octubre, Huechu-Lafquen, Lacar, etc., donde el animal grande y de llanura ha podido fácilmente marchar para esconderse y reproducirse.

Así como más al sur en el Río Mayor, las vacas baguales y perdidas en un naufragio del Pacífico, pudieron penetrar hasta la Punta de las Vacas y donde las vi. Y como los caballos se han hecho baguales, escapando de la Patagonia llanura, para meterse atrás de Putru-Choique al norte del río Senguer.

No confunda la bosta de esos vacunos salvajes, con la bosta del Criptoterium. No se olvide de la cueva que dice Suárez. Aún fracasado en el objeto nuestro, eso sería una buena solución. Pero tengo fe; si encontramos uno vivo, seguramente hay otros que puedan al fin despertar un turismo de cazadores; aquí ya se habla de un grupo de jóvenes que piensan ir en Junio.

El señor Estrella va por cuenta de la Nación y de la Associated Press, puede inmortalizarlo a Ud., en el mando y dar fama a sus tierras queridas.

Trate de que sus telegramas en clave tengan preferencia. Desde aquí el telégrafo avisará en ese sentido a las oficinas a su alcance.

Tenga buena suerte y desde mañana me ocuparé con Boero de la Escuela.

A último momento daré al Sr. Cinaghi todo el dinero que pueda recolectar hasta última hora. Antes de salir de Nahuel Huapí, telegrafiarme a donde debo mandar telegramas.

Un abrazo de su afto. amigo Clemente Onelli.-


Tejes y Manejes


Mi querido Frey

PARTICULAR

Estoy afligido. Mientras el diario La Nación ha enviado un corresponsal y ha dado mil pesos, las primicias se las lleva La Razón con telegramas enviados desde allá. Escribí a Capraro diciéndole esto y preguntándole quién podía ser, y me ha contestado que debe ser Cinaghi. Yo no lo creo, pero en fin, hay que arreglar eso.

Esta carta va para que usted prepare una retirada linda. Hágase Ud. el misterioso diciendo que va a ver a alguien. Después puede decir que debiendo Ud. regresar con la gente que vino de Bs.As., deja arreglado para que queden encargados de la caza durante el invierno, cuatro hombres de confianza y prácticos de la región con un bote, motor y armas para que se queden en la región del Puelo y en julio vayan a Huechu-Lafquen.

Una vez que ha hecho la parada de ir a ver esa gente, pueda decirlo como cosa cierta a los corresponsales, para que envíen la noticia, y usted me mande a mí, noticia telegráfica en el mismo sentido. Diciéndome que además en la primavera, Ud. mismo reanudará la exploración si los cuatro hombres que deja, no dieran resultado en su pesquisa de invierno.

No olvide traer cañas y los huemules.

Cuando llegue a Buenos Aires, allí mismo dé noticias que el animal existe.

De esta carta, si encuentro pasajero, le mandaré copia en mano.

Suyo afto. Clemente Onelli.-

P.D.: No olvide que debe haber en todos las conciencia de que la expedición sigue durante el invierno, con otra gente práctica del lugar. Le mando un suelto del diario La Nación, para hacerle ver cómo he tenido que arreglar para que La Razón no tuviera mejores noticias que las mías en La Nación.




Don Clemente Onelli
































Martín Sheffield




El Plesiosaurio del laguito Epuyen



“Corría el año 1922. Don Clemente Onelli vivía en medio del jardín zoológico de Buenos Aires, rodeado de sus bien queridos animales. Era su director.

Cual no sería su sorpresa cuando, en el mes de enero, recibía la carta procedente de Esquel, firmada por Martín Sheffield. Extraña carta que venía de un rincón casi desconocido de la Patagonia; firmada por un hombre quizás inglés o norteamericano. Su letra buena, el castellano fluido, portadora de excitantes, sensacionales noticias. Contaba de un enorme animal que se paseaba por el lago Epuyen, Ya en el agua, ya en tierra. Decía haberlo visto en el líquido elemento: “He podido apercibir, en medio de la laguna, un animal enorme con cabeza parecido a un cisne de formas descomunales y el movimiento del agua me hace suponer un cuerpo de cocodrilo”. Describía un anfibio, ya que en la misma carta dice: “Hace varias noches que he podido registrar un rastro en el pasto que cerca la laguna donde tengo establecido mi puesto de cazador. El rastro se asemejaba a una huella de una chata muy pesada, la hierba queda aplastada y no se levanta más, lo que hace suponer que el animal que por allí se arrastra, debe ser de un peso enorme”.

¿Dónde ubicar esta laguna donde moraba el extraño animal? ¿Quién era este Martín Sheffield, autor de la carta, que pedía ayuda para cazar la bestia y enriquecer, con un animal hasta entonces desconocido, el jardín zoológico de Bs. As.? Esas preguntas se las formulará Don Clemente Onelli.

Pero también Onelli para muchos era un desconocido.

Horacio Fernández Beschedt, refiriéndose al autor de “Trepando Los Andes”, lo define: “El gringo más acriollado, que amara nuestra tierra con acendrada devoción y cariño de naturalista. Recorría la Cordillera a caballo, cumpliendo su modesta tarea al servicio de la Comisión de Límites, bajo la dinámica directiva del Perito Moreno”.

La única referencia, Esquel, no le era desconocida e imaginó como escenario de la singular aparición a uno de aquellos bellos laguitos andinos y M. Sheffield, ese cazador con fantasía, que veía extrañas imágenes, que rastreaba anchas huellas, que se animaba a mandar datos al Jardín Zoológico, que quería enriquecerlo ¿Quién era ese personaje?

Pues no era otro que aquel buscador de oro que había conocido, en épocas de la Comisión de Límites, en El Maitén. De él escribió Onelli en su obra ya mencionada: “Una obra preciosa que no tiene desperdicio y que nos interna en la Patagonia de hace cien años atrás: “Los arroyos que caen al río Maitén, afluentes del Chubut, arrastran polvo de oro que han hecho radicar allí a más de un minero. He visto a Mr. Sheffield lavar las arenas con sistemas primitivos y ayudado tan sólo por un hombre, obtener en un día, 40 gramos de pequeñas pajuelas, entre las cuales alguna pepita, al arroyo le han puesto el nombre de Klondyke”.

El naturalista estaba bien informado de los hallazgos de animales fósiles en el ámbito patagónico, sabía que no se los encontraría vivos pero no quiso desestimar la ocasión que se le ofrecía para hacer una buena promoción de las tierras sureñas. Había que darle un nombre al animal y así nació el Plesiosaurio del laguito Epuyén...

Así se armó la expedición al mando del Ing. Emilio Frey.

Hace la impresión de que Clemente Onelli no creía en un animal vivo. Sus pensamientos se dirigían al enorme desdentado que había poblado las estepas patagónicas en épocas pretéritas y si el azar permitía dar con un ejemplar vivo se lo debía encontrar en esas depresiones andinas, discutidas con Chile en épocas de la demarcación de límites, valles bajos de no más de 800 m.s.n.m., deshabitados. Epuyén era uno de esos valles.

En las instrucciones se descarta la idea de “gran animal”, pero sí de uno de dimensiones regulares que habitan en el agua.

Las leyendas, que siempre tienen algo de realidad, y que siguen alimentadas por la fantasía de los pobladores y visitantes de los lagos patagónicos, las justifican.

El “Cuero”, que suele aparecer en verano-otoño en las riberas umbrosas de nuestros lagos, o los recientes (¿) encuentros con monstruos acuáticos en el brazo Correntoso del lago Nahuel Huapí y que tuvieran amplia difusión en la prensa, son ejemplos de ello...

...Don Clemente Onelli movilizó a la prensa capitalina. El diario La Nación informado por su propio corresponsal. A esas informaciones se adelantaban las publicadas por el diario La Razón que se valía de un infidente, la Revista Atlántida que recibía informaciones directas, la Deutche La Plata Zeitung decía: “el plesiosaurio es el A y la Z de toda conversación”.

La región remota y desconocida por los porteños, despierta su interés y se les acerca. Lentamente comienza el flujo turístico hacia el lejano Sur...”

Nelly Frey.-




Nahuelito es una supuesta criatura acuática

desconocida que según la creencia popular vive en el lago Nahuel Huapi en Argentina.

Al igual que Nessie, su contraparte escocés, recibe su nombre de la masa de agua que supuestamente habita, aunque su existencia nunca ha sido confirmada a pesar de las búsquedas sistemáticas realizadas. La leyenda es muy conocida en el país y es una referencia en libros y artículos clásicos de criptozoología.


El Nahuel del Mapuche


El término Nahuel, que da nombre tanto al Parque Nacional Nahuel Huapi como al Lago Nahuel Huapi y su susodicha supuesta criatura, viene del mapuche, lengua que hablaban los indígenas de la zona (mapuches o araucanos, término menos utilizado), y que significa "puma". Habitual pero erróneamente se asocia con la treaducción "tigre", pero es imposible que el pueblo Mapuche se hubiera molestado en inventar una palabra para un animal que nunca habían visto; ya que no es natívo del continente. Posiblemente este error exista desde las primeras traducciones tras conquista, ya que se puede encontrar en numerosos libros de la lengua mapuche.


Historia


El origen de la leyenda actual se cree que se remonta a relatos indígenas previos a la conquista. Los primeros exploradores obtuvieron de los indios del lugar leyendas acerca de encuentros ocasionales con monstruos acuáticos.

El primer posible avistamiento registrado data de 1910, aunque George Garret, su protagonista, lo hizo público mucho tiempo después. En 1910 Garret trabajaba en una compañía ubicada cerca del Nahuel Huapi. Un día de ese año, luego de navegar por el lago y a punto de desembarcar, pudo avistar a unos 400 m de distancia una criatura cuya parte visible medía entre 5 y 7 m de largo y sobresalía unos dos metros por encima del agua. Al comentar su experiencia con gente del lugar, Garret se entera de historias similares relatadas por los indígenas. Pero el hecho se hace público recién en 1922, cuando lo cuenta al diario Toronto Globe. En esos días se organizaba la primera expedición para buscar a Nahuelito y la controversia estaba en su punto máximo, llegando a la prensa internacional.

A partir de 1897, el Dr. Clemente Onelli, director del zoológico de Buenos Aires, comienza a recibir informes esporádicos acerca de una posible extraña criatura habitante de los lagos patagónicos.

En 1922 el Dr. Onelli recibe el testimonio de Martin Sheffield, un buscador de oro norteamericano, acerca de un supuesto rastro de grandes huellas en la orilla del lago Nahuel Huapi. En el centro del mismo Sheffield igualmente afirmaba haber visto un enorme animal desconocido. Convencido por el informe de Sheffield, Onelli decide organizar una expedición de búsqueda. La misma fue liderada por el superintendente del zoológico, José Chiagi, y entre los participantes había reconocidos cazadores armados con rifles para cazar elefantes y dinamita para minar el lago.

La gente reaccionó negativamente ante la participación de cazadores, y el Dr. Albarracín, Presidente de la Asociación Protectora de Animales, le solicitó al Ministro del Interior que revocara la autorización para la búsqueda, ya que las leyes prohibían la caza de animales exóticos. Finalmente se resolvió el tema del permiso y la expedición siguió adelante, pero sin embargo regresó a Buenos Aires sin resultados positivos. La historia tuvo repercusión internacional, llegando a ser comentada en publicaciones como la revista Scientific American.

Más recientemente, en 1960, se dice que la Armada Argentina persiguió en el lago un objeto submarino no identificado durante 18 días, sin conseguir identificarlo; a lo cual algunas personas relacionaron con esta supuesta criatura.

El crecimiento como destino turístico de la ciudad de Bariloche, situada a orillas del Nahuel Huapi, aumentó los supuestos avistamientos ocasionales, al igual que lo que sucede en el lago Ness; pero nunca se ha obtenido un registro gráfico concluyente.


Explicaciones a favor de su existencia


Se han propuesto diversas teorías para explicar el mito, pero hasta el momento ninguna ha recibido un análisis serio que las valide. Estas teorías serían las siguientes:

Animal prehistórico: es la hipótesis más popular, la cual dice que Nahuelito sería un sobreviviente de la época de los dinosaurios, probablemente un plesiosaurio. Otros apoyan la teoría de un ictiosaurio, basándose en la abundancia de fósiles de este animal encontrados en la región. Sin embargo, los lagos patagónicos se formaron en una época geológica posterior a la extinción de los dinosaurios, lo que refutaría la hipótesis. También se ha sugerido que podría tratarse de un milodón, un mamífero terrestre extinto hace mucho tiempo, que aunque podría coincidir con algunas descripciones, no tenía hábitos acuáticos.

Una mutación: una versión más moderna (y más fantástica) sugiere que Nahuelito sería una extraña mutación de algún animal local producida por los experimentos nucleares que se vienen realizando ininterrumpidamente hace 60 años.

Un Submarino: tal vez la última teoría en llegar al público sea la que atribuye las apariciones a un pequeño submarino de origen desconocido, la que muchos interpretan como una variación cultural moderna del mito del monstruo acuático. Pero esta última teoría tampoco ha sido jamás demostrada.

Es llamativo, sin embargo, que la mayoría (aunque no todos) de los avistamientos "post Nessie" describen al Nahuelito de forma parecida: una longitud de aproximadamente 10-15 metros, dos jorobas, piel de cuero y, en ocasiones, un cuello en forma de cisne. Esta caracterización según los partidarios de la existencia de esta supuesta criatura, esta descripciones coincidirían con las descripciones que hicieron los Mapuches unos doscientos años atrás.


Ilustración antigua de un plesiosaurio


Explicaciones en contra de su existencia


Los relatos indígenas difícilmente se pueden citar como argumento, ya que los nativos tenían leyendas sobre la existencia de monstruos acuáticos en prácticamente todos los lagos y ríos de la Patagonia. El antecedente directo de Nahuelito sería el mito del “cuero”, monstruo sin cabeza ni patas que supuestamente habitaba también en el lago. Así, este ser de esta leyenda Mapuche no tendría realmente la apariencia que se le asocia al Nahuelito. <>


La versión científica sobre la posibilidad de su existencia




Los plesiosaurios fueron grandes reptiles acuáticos carnívoros que aparecieron a finales del período Triásico y duraron hasta la extinción al final del Cretácico.

La extinción masiva del cretáceo-Terciario fue un período de extinciones masivas de especies hace aproximadamente 65 millones de años. Corresponde al final del período Cretácico y el principio del período Terciario. También se le conoce como extinción masiva del límite K/T del alemán Kreide/Tertiär Grenze, para señalar la frontera entre el Cretácico-Terciario.

No se conoce la duración de este evento. Cerca del 50% de los géneros biológicos desaparecieron, entre ellos, la familia completa de los tres órdenes de los dinosaurios. Se han propuesto muchas explicaciones a este fenómeno, la más aceptada es que fue el resultado del impacto sobre la Tierra de un objeto proveniente del espacio. Con frecuencia se los identifica erróneamente como "dinosaurios marinos". Después de su descubrimiento, se decía humorísticamente que se parecían a "una tortuga con una serpiente ensartada a través de su cuerpo", aunque carecían de caparazón.



Kronosauros - supuesto carnívoro.




Se argumenta de vez en cuando que los plesiosaurios no están extintos, aunque no hay ninguna evidencia científica para esta creencia; normalmente se explican los avistamientos modernos que se informan de vez en cuando como cadáveres descompuestos de tiburón peregrino o engaños.

Los plesiosaurios típicos tenían cuerpo ancho y cola corta. Retuvieron sus dos pares ancestrales de miembros que evolucionaron en grandes aletas. Los plesiosaurios evolucionaron de los remotos notosaurios, que tenían un cuerpo parecido al de un cocodrilo; los tipos principales de plesiosaurio se distinguen por el tamaño de su cabeza y cuello.

Como grupo, los plesiosaurios eran los animales acuáticos más grandes de su tiempo, e incluso los de menor tamaño alcanzaban los 2 metros (6,5 pies) de largo. Crecieron considerablemente más que los cocodrilos más grandes, y eran más grandes que sus sucesores, los mosasaurios. Compárese con sus predecesores como gobernantes del mar, los ictiosaurios, parecidos a delfines, que se sabe que alcanzaron 23 m de longitud, y el tiburón ballena (18 m), el cachalote (20 m), y sobre todo la ballena azul (30 m) que se sabe pudieron tener tamaños similares.

Se han descubierto plesiosaurios con fósiles de belemnites (animales parecidos a calamares), y ammonites (grandes moluscos similares al nautilo) asociados con sus estómagos. Tenían mandíbulas poderosas, probablemente lo bastante para morder a través de las conchas duras de sus presas. Los peces óseos, empezaron a extenderse en el período Jurásico, y también eran presas probables. Asimismo los plesiosaurios eran presas de otros carnívoros, ya que se han hallado marcas de tiburón en la aleta fósil de un plesiosaurio y en el estómago de un mosasaurio restos que debieron pertenecer a algún plesiosaurio.

Ningún huevo o evidencia de reproducción se han descubierto, pero se ha teorizado que los plesiosaurios más pequeños se pueden haber arrastrado a las playas a poner sus huevos, como la tortuga de caparazón coriáceo moderna. Otra curiosidad es su diseño de cuatro aletas. Ningún animal moderno que nade tiene esta adaptación, hay una especulación considerable sobre qué tipo de brazada usaban. Mientras los pliosaurios de cuello corto pueden haber sido rápidos nadadores, las variedades de cuello largo evolucionaron más aptas para la maniobrabilidad que para la velocidad. También se han descubierto en los esqueletos gastrolitos en sus estómagos, probablemente para ayudar con la flotación.

La familia más primitiva de plesiosaurios, los plesiosáuridos, tenían cabezas pequeñas y cuellos largos. Evolucionaron hace aproximadamente 220 millones de años en el Triásico superior, y fue el primer grupo mayor de plesiosaurios que se extinguió, hace aproximadamente 175 millones de años, a comienzos del Jurásico.

La siguiente familia de plesiosaurios se caracterizó por una cabeza grande y un cuello corto, y son colectivamente conocidos como "pliosaurios". Los pliosaurios más grandes, como Kronosaurus, Megalneusaurus, Plesiopleurodon, Pliosaurus y Brachauchenius, tenían las mandíbulas de 3 m (10 pies) de largo, y pueden haber alcanzado más de 12–15 m (40–50 pies) de longitud, pesando más de 10.000 kg (11 toneladas). Vértebras y dientes aislados de Inglaterra pueden pertenecer a especímenes de 22 m (68 pies) de largo, que quizás pesaban 20.000 kg (22 toneladas).

Los pliosaurios tenían dientes espesos, cónicos, y era los carnívoros dominantes de su tiempo. Se alimentaban de otros reptiles marinos, incluyendo a sus parientes —se han descubierto marcas de dientes de pliosaurio en otros plesiosaurios, como los criptoclídidos. Los pliosaurios evolucionaron hace aproximadamente 200 millones de años, en el Jurásico inferior, y se extinguieron hace aproximadamente 80 millones de años en el Cretácico.

El tercer grupo también tenía un cuello largo y una cabeza diminuta, y son conocidos como criptoclídidos, como el Cryptoclidus. En conjunto, ellos eran más cortos y gráciles que los plesiosáuridos, pero tenían los cuellos más largos en proporción a la longitud del cuerpo. Sus dientes también eran pequeños y delgados, y pueden haber sido usados para filtrar la comida del sedimento en las aguas costeras poco profundas. Ellos aparecieron hace aproximadamente 160 millones de años al final del período Jurásico, y duraron hasta el evento de extinción al final del Cretácico, hace aproximadamente 65 millones de años.

El grupo de los elasmosaurios, llevó la tendencia hacia el cuello largo y la cabeza diminuta al extremo. Eran los más largos, alcanzando 13–17 m (42–56 pies) de longitud, pero la mayoría de eso era el cuello; pesaban mucho menos que los más masivos pliosaurios. Tenían más de 72 huesos en su cuello (las vértebras), más que cualquier otro animal. Vivieron al mismo tiempo que los criptoclídidos, de modo que deben de haber llenado un nicho ecológico diferente. Véase Elasmosaurus para el género típico.

La siguiente clasificación representa una versión de estudios reciente (mayoriariamente siguiendo la de O'Keefe, 2001).[9

El plesiosaurio es uno de los primeros grandes fósiles identificados por los paleontólogos, junto con el Mosasaurus, y el dinosaurio Iguanodon. El primer espécimen, correspondiente al género Plesiosaurus , fue encontrado en 1821 por Mary Anning, en los depósitos de Oxford Clay cerca de Lyme Regis, Inglaterra. Ella encontró el primer buen espécimen después de sólo tres años. La especie fue descrita formalmente y fue nombrada por Henry de la Beche y William Daniel Conybeare ese año. El nombre que escogieron significa "cercano al lagarto", derivado del griego plesios ("cerca de") y sauros ("lagarto o reptil"). El taxón Plesiosauria fue nombrado por Henri Marie Ducrotay de Blainville en 1835.

La mayoría del material de plesiosaurio descubierto en el siglo XIX era de los mismos depósitos. Sir Richard Owen solo nombró casi cien nuevas especies. A pesar de esto, los plesiosaurios fueron pesimamente conocidos. La mayoría de las nuevas "especies" se describieron basándose en huesos aislados, sin las características de diagnóstico suficientes para separarlos de cualquiera de las otras especies que se habían descrito previamente. Muchas de estas especies se han invalidado subsecuentemente, pero el trabajo hecho en ese siglo ha sido insuficiente para eliminar este enredo taxonómico. El género Plesiosaurus es particularmente problemático. La mayoría de las nuevas especies fueron colocadas allí, de modo que el género es una clase de taxón "reciclable".

Otros dos factores hacen difícil clasificar a los plesiosaurios. Mientras se han encontrado en cada continente, incluso la Antártida, casi todos los especímenes son conocidos o de la formación del Jurásico superior de Oxford Clay, en Inglaterra, donde el primer espécimen fue encontrado, o de la formación de Tiza Niobrara en Kansas del Cretácico medio, en Estados Unidos. Ya que sólo dos eslabones en una cadena evolutiva grande son bien conocidos, es difícil extrapolar la gran extensión entre los dos.

Los plesiosaurios también tienen otro problema. La manera tradicional de clasificar a los plesiosaurios está dada por su forma del cuerpo gruesa, pero parece que la misma forma del cuerpo se desarrolló en múltiples ocasiones en un ejemplo de evolución convergente. Recientes análisis muestran que los elasmosaurios de cuellos sumamente alargados realmente descienden de por lo menos tres linajes no relacionados, haciendo polifilética laclasificación. Algunos pliosaurios también pueden relacionarse más estrechamente a las especies de cuello largo que a otras especies de cuello corto. Las cuatro agrupaciones mayores, aun cuando convenientes, no parecen basarse en las relaciones evolutivas reales.

En 2002, el "Monstruo de Aramberri" se anunció a la prensa. Descubierto en 1982 en el pueblo de Aramberri, en el estado mexicano de Nuevo León, era originalmente clasificado como un dinosaurio. El espécimen realmente es un pliosaurio muy grande, alcanzando posiblemente 25 m (80 pies) de largo, y que pesaría más de 100 toneladas, haciéndolo el mayor depredador de todos los tiempos. En esta evidencia se basó la serie documental de la BBC Paseando con Dinosaurios, que lo clasificó como un Liopleurodon ferox , pero ahora se sabe que se exageró el tamaño al hacer las primeras estimaciones, y que medía realmente unos 13 a 14 m de largo. Aún así, la leyenda sigue creyéndose.

En 2004, lo que parece ser un plesiosaurio joven 100% intacto fue descubierto en la Reserva Nacional Natural Bridgwater Bay en el Reino Unido, por un pescador local. El fósil mide 1,5 m (5 pies) de longitud, y puede ser relacionado con el Rhomaleosaurus. Probablemente este es el espécimen mejor conservado de un plesiosaurio jamás descubierto.

En 2006 fueron hallados los huesos de un bebé plesiosaurio, de 1,5 m, en una isla de la Antártida.[12] Este es uno de los esqueletos fósiles de plesiosaurio más completos de su tipo. Actualmente se exhibe en el museo de geología de la Escuela de Minas y Tecnología de Dakota del Sur, Estados Unidos.

El plesiosaurio es popular entre los niños y antiguamente por la mayoría de los criptozoólogos, y aparecen en varios libros infantiles, y muchos filmes. Ha aparecido en las películas sobre monstruos de lagos, incluyendo Magic in the Water (1995), y películas sobre el monstruo del Lago Ness, como Loch Ness (1996). En ambas películas, la criatura sirve principalmente como un símbolo de un perdido sentido infantil de lo maravilloso.

Contrariamente a los informes, la criatura de largo cuello y dientes afilados del clásico filme King Kong (1933) — que arroja una balsa llena de rescatadores en rumbo de salvar a Fay Wray, y después masacra a los nadadores — no es un plesiosaurio. A pesar de que el llamativo perfil en la bruma muy similar a la famosa "fotografía del cirujano" del monstruo del Lago Ness, este después caza a los héroes que se dirigen hacia tierra seca en donde claramente intenta ser un saurópodo, como el Brontosaurus (ahora conocido como Apatosaurus).





¿Plesiosaurios existentes?


Ocasionalmente se explican los avistamientos de monstruos de lagos o de mar como de plesiosaurios. Mientras la supervivencia de una pequeña colonia de cría no registrada de plesiosaurios durante los 65 millones de años desde su aparente extinción es improbable, el descubrimiento de verdaderos y aún más antiguos fósiles vivientes como el celacanto, y animales de las profundidades marinas previamente desconocidos pero enormes como el calamar gigante, han alimentado las imaginaciones.

En 1977, el descubrimiento de un cadáver con las patas y con lo que parecía ser un cuello largo y cabeza pequeña por el barco de pesca japonés Zuiyo Maru lejos de Nueva Zelanda creó una manía del plesiosaurio en Japón. Los miembros de un panel de eminentes científicos marinos en Japón inspeccionaron el descubrimiento. Algunos de aquéllos involucrados eran los profesores Ikuo Obata e Hiroshi Ozaki del Museo de la Ciencia Nacional de Japón y el profesor Toshio Kasuya, del Centro de Investigación Marina de la Universidad de Tokio. Estos científicos tenían varias cosas por decir sobre el descubrimiento al examinar el suceso. El profesor Yoshinori Imaizumi del Museo Nacional de Ciencia de Japón dijo, "no es un pez, ballena, o cualquier otro mamífero." Otros han defendido que realmente era un tiburón peregrino, pero el profesor Toshio Kasuya dijo, "Si fuera un tiburón, la espina sería más pequeña… y el propio cuello es demasiado largo como se ve en la imágen. Yo pienso que podemos excluir la teoría del pez". Pero al ser analizados las muestras que se tomaron antes de arrojar el cadáver al mar; el bioquímico Dr. Shigeru Kimura de la Universidad de Tokyo, descubrió que los tejidos de las muestras contenían un tipo especial de proteína, conocida como elastodina, que sólo está presente en la familia de los tiburones, y no en los otros grupos animales que se le atribuían el origen del cadáver, descartando con ello la posibilidad de que fuera un reptil o un mamífero.

El monstruo del lago Ness, como así también nuestro inescrutable Nahuelito, normalmente son reportados como parecidos a un plesiosaurio. Pero frecuentemente también se los describe con poco o ningún parecido. Además, el lago es demasiado frío para que un animal de sangre fría pueda sobrevivir fácilmente; los animales que respiran aire como los plesiosaurios serían divisados fácilmente cuando aparecieran en la superficie para respirar,

Los avistamientos pueden explicarse como una combinación de olas, objetos flotantes, espejismos en la bruma, animales nadadores, un grupo de aves posadas en la superficie observadas a lo lejos (como un pato con sus crías), y las infaltables bromas. <>


Tapa del libro de la 2ª edición.


Su autor presentando la 2ª edición en la Feria del Libro de El Bolsón.

















Carlos Rey con la 1ª edición





La Leyenda

Nahuelito es una criatura acuática desconocida que según la creencia popular vive en el lago Nahuel Huapi, en Argentina.

Al igual que Nessie, su contraparte escocés, recibe su nombre de la masa de agua que supuestamente habita y su existencia nunca fue confirmada a pesar de las búsquedas sistemáticas realizadas. La leyenda es muy conocida en el país y es una referencia clásica en libros y artículos de criptozoología.

Historia

El origen de la leyenda se remonta a relatos indígenas previos a la conquista. Los primeros exploradores obtuvieron de los indios del lugar historias acerca de encuentros ocasionales con enormes monstruos acuáticos. El primer avistamiento registrado data de 1910, aunque George Garret, su protagonista, lo hizo público mucho tiempo después.

En 1910 Garret trabajaba en una compañía ubicada cerca del Nahuel Huapi. Un día de ese año, luego de navegar por el lago y a punto de desembarcar, pudo avistar a unos 400 metros de distancia una criatura cuya parte visible medía entre 5 y 7 metros de largo y sobresalía unos dos metros por encima del agua.

Al comentar su experiencia con gente del lugar, Garret se entera de historias similares relatadas por los indígenas. Pero el hecho se hace público recién en 1922, cuando lo cuenta al diario Toronto Globe. En esos días se organizaba la primera expedición para buscar a Nahuelito y la controversia estaba en su punto máximo, llegando a la prensa internacional.

A partir de 1897, el Dr. Clemente Onelli, director del Zoológico de Buenos Aires, comienza a recibir informes esporádicos acerca de una extraña criatura habitante de los lagos patagónicos. En 1922 recibe el testimonio de Martin Sheffield, un buscador de oro norteamericano, acerca de un rastro de grandes huellas en la orilla del lago Nahuel Huapi. En el centro del mismo Sheffield afirmaba haber visto un enorme animal desconocido.

Convencido por el informe de Sheffield, Onelli decide organizar una expedición de búsqueda. La misma fue liderada por el superintendente del Zoológico, José Chiagi, y entre los participantes había reconocidos cazadores armados con rifles para cazar elefantes y dinamita para minar el lago.

La gente reaccionó negativamente ante la participación de cazadores, y el Dr. Albarracín, presidente de la Asociación Protectora de Animales, le solicitó al ministro del Interior que revocara la autorización para la búsqueda, ya que las leyes prohibían la caza de animales exóticos.

Finalmente se resolvió el tema del permiso y la expedición siguió adelante, pero regresó a Buenos Aires sin resultados positivos. La historia tuvo repercusión internacional, llegando a ser comentada en publicaciones como la revista Scientific American.

Más recientemente, en 1960, la Armada Argentina persiguió en el lago un objeto submarino no identificado durante 18 días, sin conseguir identificarlo.

El crecimiento como destino turístico de la ciudad de Bariloche, situada a orillas del Nahuel Huapi, aumentó los avistamientos ocasionales, pero nunca se obtuvo un registro gráfico concluyente.

Teorías

Se han propuesto diversas teorías para explicar el mito, pero ninguna resiste un análisis serio.
Los relatos indígenas difícilmente se pueden citar como argumento, ya que los nativos tenían leyendas sobre la existencia de monstruos acuáticos en prácticamente todos los lagos y ríos de la Patagonia. El antecedente directo de Nahuelito parece ser el mito local del "cuero", monstruo sin cabeza ni patas que supuestamente habitaba en el lago.
La hipótesis más popular es la del monstruo prehistórico; Nahuelito sería un sobreviviente de la época de los dinosaurios, probablemente un plesiosaurio. Otros apoyan la teoría de un ictiosaurio, en base a la abundancia de fósiles de este animal encontrados en la región. Sin embargo, los lagos patagónicos se formaron en una época geológica posterior a la extinción de los dinosaurios, lo que refutaría la hipótesis.

También se ha sugerido que podría tratarse de un milodón, un mamífero terrestre extinto hace mucho tiempo, que aunque podría coincidir con algunas descripciones, no tenía hábitos acuáticos.

Una versión más moderna (y más fantástica) sugiere que Nahuelito sería una extraña mutación de algún animal local producida por los experimentos nucleares realizados en la década de 1950 por científicos alemanes o más recientemente por el Centro Atómico Bariloche (?).

Tal vez la última teoría en llegar al público sea la que atribuye las apariciones a un pequeño submarino de origen desconocido, la que muchos interpretan como una variación cultural moderna del mito del monstruo acuático. Pero esta última teoría no ha sido jamás demostrada.

Es llamativo, sin embargo, que la mayoría (aunque no todos) de los avistamientos describen al Nahuelito de forma parecida: una longitud de aproximadamente 10-15 metros, dos jorobas, piel de cuero y, en ocasiones, un cuello en forma de cisne. Esta caracterización coincide con las descripciones que hicieron los Mapuches unos doscientos años atrás. Esto sugiere que la ciencia, hasta el momento, no ha podido explicar ciertas observaciones, y no que las observaciones no son ciertas porque la ciencia ha fallado en explicarlas.


REFERENCIAS

Los textos entrecomillados correspondientes a las páginas, 1; 2 a 6; 56 a 57; 58 a 63; 63 a 64; 65 a 66 y 66 a 68.

Forman parte de los archivos gentilmente facilitados por el Museo de la Ciudad de San Carlos de Bariloche. Son hechos reales, acontecidos en el año 1922.

Entre las páginas 7 a 55 se desarrolla la novela de ficción: “NAHUELITO – El misterio sumergido”.


Este libro está en venta en las todas librerías de la Patagonia.


Precio ..........$22.-


escribiente@speedy.com.ar


5 comentarios:

  1. Che dejate de joder, no vas a decir que existe en serio.

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  2. Al que dude de su existencia, que vea la foto sacada desde Playa Bonita a principios de este año. Hace rato que la gente ve a los bicho estos, pero nadie se anima a contarlo por miedo a que lo tarten de loco.

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  3. y ahora qué me cuentan que apareció uno en en lago Futalaufquen. La fotografía del principio es una truchada, no puede ser tan chico un plesiosaurio.

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  4. Yo conozco al que le sacó la foto a Nahuelito, es el dueño de la casa que aparece en la foto y está en Playa Bonita, Bariloche.
    escríbanme a escribiente@speedy.com.ar

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  5. Acabo de leer de punta a punta. Si uno lee de un libro cierra y retoma cuando quiere. De un monitor, sabés que si dejás no volvés. O sea, necesito urgente un libro para poner el Nahuelito afuera. Sacármelo de encima. Su ojo inanimado me mira fijo.
    Estoy resfriada. Ha de ser el agua del lago que se me metió entre los huesos.
    Un abrazo

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